domingo, 6 de noviembre de 2011

Algo como esto no debería suceder

Sí, sé que dije que me iba a ir. Y aún estoy lejos pero me pareció congruente dejar por ahí una nota con medias explicaciones. Además, publicarla dentro de varios meses -cuando todo haya terminado- será un disparate risible.

Por alguna razón que no sé yo debía/se debe al escribir/leer esto escuchar 'Microlite' de Trophy Wife.


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 Una vez. Primera vez. Dos veces. Cuatro. Mil otras. He pasado por esto infinitas veces o al menos tantas veces que no me alcanzan los dedos para contar y debo repetir cuentas. Siempre el mismo resultado: un lánguido latir que denuncia al corazón hecho trizas en el suelo de la habitación como porcelana que se escapa de las manos.

Y siempre de inalcanzables, de los que aunque a unos centímetros del roce de mis dedos son intocables para siempre jamás. A kilómetros de distancia los veo por una cerradura. Tan lejos de mí como yo de ellos y ellas.
Alguna vez cruza alguien por ahí fugazmente por mi vida y bam, empiezan los primeros pasos hacia el abismo y la caída. Sólo por haberme vuelto para contemplarlos más de cerca. Quienquiera que sea, bamboleante o con una gran sonrisa me ata sin saberlo a su vida por días y meses de nudos en la garganta y algo más que mariposas que revolotean en mi estómago.

Pero no es amor. No, jamás lo ha sido. Jamás lo será. Es el desesperado deseo de sostener una mano en la mía bajo la lluvia y reír como niños en un parque. Que la soledad acabe su fiesta en mi cabeza. Satisfacer deseos insospechados (tan obvio es de lo que estoy hablando que me burlo de mí misma por no decir las cosas como son). Que la sonrisa en mi mirada sea respuesta a la que ocupa el bello rostro frente a mí. Es el deseo de amar. De amar a alguien que lo merezca.

De amar a alguien que lo merezca. Ja. Vana ilusión que me hace querer por algún tiempo a alguien que ni remotamente debería. No, la idea de ese alguien; la vaga idea que me nubla la mente del verdadero yo de ese casi siempre impostor. Sólo espejismos.
Además, ¿quién merece ser amado?, ¿quién no merece ser amado?, ¿merezco serlo?, ¿no merezco serlo?

Tal vez ni exista eso del amor. Al menos como lo han pintado tantos otros desde el principio.


Entonces aquí vengo yo de nuevo con un lío de extrañas angustias en el pecho. El eterno ciclo de mis tristes andanzas entre lo posible y rosas ensoñaciones. Esta vez un poco diferente porque a la vez que quisiera alcanzar aquella alma, la odio por tantas cosas. Porque me niego hasta el placer de ver su imagen en el agua y mencionar su nombre en sueños.

Es una incipiente madeja de pequeños sentimientos entre latido y latido. Cosa peligrosa. Crecen en el anonimato, echan raíces y luego... luego me dejan morir. Y sé que será así porque yo los dejo. Soy tan estúpida que los dejo crecer como la mala hierba del jardín. ¿Pero qué sería de mí sin ellos? Una nada, es seguro. Sólo un vacío dentro de un cuerpo que va por la calle. Al menos con lo erróneo de mi tortura voluntaria se siente algo donde antes va la brisa y el dolor.

Aquí y ahora sólo me queda tratar de asesinar innumerables veces aquello que no debe ser nombrado. Quemarlo. Arrancarlo de raíz de mi pecho. O sólo quedarme en la cama y esperar que el frío y la lluvia de la madrugada en estos próximos meses hagan desaparecer todo esto... tal y como su presencia va y viene sin siquiera estar aquí.

Sólo por pereza y porque estoy exhausta. No quiero levantar las manos contra algo que no es mío, foráneo, irritante.

Y sí, es por esto que decidí irme. Este odioso comienzo de afecto por alguien, la idea de alguien. Porque es esta una de las razones por las que la ira me invada con su presencia y tantas otras sombras entren en la persona bajo la máscara.

Ruego que esta horrible cursilería naciente se vaya con el suave invierno de esta ciudad en la llanura.

Y que ese alguien, la idea de ese alguien, se olvide de mi miserable existencia. Porque ya no quiero reflejar sus sonrisas.



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¿Habrá quedado clara mi razón de huida? No quiero estar aquí para verme tentada a escribir sobre esa persona que me aflige el alma.

viernes, 4 de noviembre de 2011

Renuncio temporal

Quienquiera que lea esto tendrá que disculparme por tener que abandonar por un tiempo esto de escribir y publicar. Puedo contar razones (con mis dedos o sin ellos): el alma ya no quiere ser saqueada, el tiempo corre, la inspiración insomne no ha vuelto... y más bla bla bla. A decir verdad, mis manos ahora están vacías y creo que estoy exhausta, cansada de escribir.

La última entrada es evidencia suficiente para decir: esto ya es una mierda sin la inspiración que viene de... tantas cosas que ahora no están tan presentes.

Además, ¿quién quisiera leer toda la pedantería y angustia y depresión que exudan mis notas?

Y con Endless Blue de The Horrors me despido.

  The Horrors- Skying- 04 Endless Blue by hypethelookmusic

domingo, 30 de octubre de 2011

Cuando se renuncia a lo complejo o se rebela contra ello, todo se simplifica. Gustos, pensamientos, sentimientos, sentido de lo bello, felicidad, etc. Como todo ya es simple y la mayoría tiende a buscar lo simple he ahí por qué se puede tener más momentos felices que cuando se vive entre lo complejo.


Ahora. ¿Habré yo escrito eso? Si fue así fue uno de esos extraños momentos en los que la falsedad de mis delirios se disfrazan de epifanías y salen a poblar calles y malos pensamientos. Si no lo escribí yo tal vez fue Wolfe o mis dedos que teclean incesantemente copiaron y pegaron esto de alguna parte. De todas maneras, maldita la memoria.

martes, 25 de octubre de 2011

Sin Título # 3


¡Oh, mira! Mira quién va allí. ¿La ves? Va con prisa, al otro lado de la calle. ¿Crees saber a dónde va? ¿Quieres seguirla? Yo sé a dónde va y no, yo no quiero seguirla como tú.

Algo en ella me dice que va hacia donde yo quiero ir, por eso la sigo.

No la pierdas de vista.

Se escurre entre puertas de cristal de aquel edificio en la esquina. Sube las escaleras con premura. Un escalón tras otro con nerviosismo y parece contarlos. Entre sus manos retuerce mil veces un papel. ¿Por qué subirá hasta este piso? Toda ella desentona aquí.

¿Ves su triste mirada y esa sonrisa? Ahora sabes qué hace aquí, ¿no? No, vete. Yo haré lo heroico para que después tú, maldito cobarde, te lleves todo como siempre lo haces.


Allí está ella. Engalanada como la noche, sus cabellos se mueven con el frío viento de octubre. Trata en vano de subir la horrible baranda de concreto. Mis manos alcanzan su cintura, se estremece. No, no estoy aquí para eso. Quiero ayudarte. Porque también yo quiero ir allí, contigo o sin ti da lo mismo pero tal vez tú sí quieras compañía.

Una sonrisa ilumina su boca. Baja por un momento, ha olvidado quitarse sus zapatos.
Miramos abajo entre colores sucios, mugre y muchedumbre; luego hacia el horizonte, la vasta prolongación de una ciudad que extiende sus tentáculos buscando ingenuos en las afueras. Por último al cielo, el que hiere nuestros ojos con sus azules y blancos.


Uno al lado del otro, parados sobre la baranda, tomo su mano en la mía. Deja deslizar el lánguido papel en mi mano. Te quiero aquí conmigo. Dos últimas sonrisas embellecen nuestra tragedia en el aire. Somos dos aves, tristes aves de mal agüero, volando hacia el infinito.





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Nope. Esta no es respuesta a una entrada. Se suponía que ella era una suicida frustrada. Menos que eso, farsante. De esos que quieren morir lanzándose desde un tercer o cuarto piso o segundo piso o tomando veneno para ratas a la vista de todos. Simuladores que quieren llamar la atención sobre sus insignificantes problemas aumentados por personalidades aún más narcisistas que la mía. Y quien narra esto se suponía que sólo estaba entre los demás que contemplaban (o simulaban contemplar como él o ella) horrorizados a una muchachita que quería suicidarse, criticando cáusticamente a los impostores.

Se suponía que ella y su pobre intento eran la excusa para ser implacable con los imbéciles que se ven en las noticias, sentados o parados en el balcón de un segundo/tercer/cuarto/etc piso  que ni siquiera saltaron y se rinden fácilmente. ¿Esperaban que otros notaran su existencia?

domingo, 23 de octubre de 2011

Relato de Sergio Stepansky - León de Greiff

Juego mi vida, cambio mi vida.
De todos modos
la llevo perdida...
Y la juego o la cambio por el más infantil espejismo,
La dono en usufructo, o la regalo...

La juego contra uno o contra todos,
la juego contra el cero o contra el infinito,
la juego en una alcoba, en el ágora, en un garito,
en una encrucijada, en una barricada, en un motín;
la juego definitivamente, desde el principio hasta el fin,
a todo lo ancho y a todo lo hondo
-en la periferia, en el medio,
y en el subfondo... -

Juego mi vida, cambio mi vida,
la llevo perdida
sin remedio.

Y la juego, -o la cambio por el más infantil espejismo,
la dono en usufructo, o la regalo... :
o la trueco por una sonrisa y cuatro besos:
todo, todo me dá lo mismo:
lo eximio y lo ruin, lo trivial, lo perfecto, lo malo...

Todo, todo me dá lo mismo:
todo me cabe el diminuto, hórrido abismo
donde se anudan serpentinos mis sesos.

Cambio mi vida por lámparas viejas
o por los dados con los que se jugó la túnica inconsútil:
-por lo más anodino, por lo más obvio, por lo más fútil:
por los colgajos que se guinda en las orejas
la simiesca mulata,
la terracota rubia,
la pálida morena, la amarilla oriental, o la hiperbórea rubia:
cambio mi vida por un anilo de hojalata
o por la espada de Sigmundo,
o por el mundo
que tenía en los dedos Carlomagno: - para echar a rodar la bola...

Cambio mi vida por la cándida aureola
del idiota o del santo;
la cambio por el collar que le pintaron al gordo Capeto;
o por la rígida ducha que le llovió en la nuca
a Carlos de Inglaterra;
la cambio por un romance, la cambio por un soneto;
por once gatos de Angora,
por una copla, por una saeta,
por un cantar;
por una baraja incompleta;
por una faca, por una pipa, por una sambuca...

o por ésa muñeca que llora
como cualquier poeta.

Cambio mi vida al fiado – por una fábrica de crepúsculos
(con arreboles);
por un gorila de Borneo;
por dos panteras de Sumatra;
por la perlas que se bebió la cetrina Cleopatra-
o por su naricilla que está en algún Museo;
cambio mi vida por lámparas viejas,
o por la escala de Jacob, o por su plato de lentejas...

¡o por dos huequecillos minúsculos
-en las sienes-
por donde se me fugue, en griseas podres,
toda la hartura, todo el fastidio, todo el horror que almaceno en mis
odres...!

Juego mi vida, cambio mi vida.
De todos modos
la llevo perdida...

lunes, 10 de octubre de 2011

Inmóvil. La mirada perdida en un punto cualquiera en aquel único horizonte disponible en el espacio reducido bajo una puerta. Un gato blanco atraviesa la calle, se oculta entre sombras que han sido mi sueño por mucho tiempo. Un ligero soplo roza mis mejillas pero tal vez la hoja muerta y marrón frente a mí sienta más la caricia que yo. Yo que ni siquiera he podido lograr que mis dedos se extiendan un poco más y alcancen algo imposible ni que termine en un olvido senil aquella cruel tiranía de mi triste pecho herido sobre el resto de mi cuerpo.

Un suspiro rompe el silencio. Un poco de aire exhalado entre labios agrietados. Una última palabra. Un suspiro cansado de un alma infinitamente exhausta.

Mi mente va y viene de aquí a más allá, continuos apagones hacia... ¿Es un océano? ¿Es ruido blanco? Una vuelta más al reloj y ya estaré allí, otro estirón de mis dedos y aquella hoja marrón crujirá entre ellos como mi vida en aquella primera expresión de dolor en mi rostro cuando la hoja metálica se hundía frenética en mis muñecas clamando sangre. Sangre que ahora se seca en el suelo.

Cierro los ojos, mis párpados pesan tanto que no lo soporto y la caída es inevitable. Un splash en la oscuridad detrás de mis párpados, el océano infinito que siempre he querido penetrar. Y con una sonrisa algo inacabada en mi cuerpo y otra en el alma estiro mis brazos y me disuelvo suavemente en más allá.


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En ésta no sé quién muere. En serio. Ni siquiera fue influenciada por el suicida en mí. ¿Será Wolfie? ¿La niña sin nombre?

domingo, 2 de octubre de 2011

Conversación sobre nada # 1

 Después de una conversación sobre nada entre humo y risas, J y M hablan de los hombrecitos grises... o verdes... o lo que sea.

J: ¿Crees en extraterrestres?

M: Jajajajajajajajajajajjaa... Sería tonto no creerlo.

J: ¿Y en los ovnis y todo ese lío de que nos "secuestran" para experimentar y más bla bla bla?

M: Ovnis los hay, J. ¿No que son objetos voladores no identificados? Aunque eso de que todos/algunos/muchos son extraterrestres no me convence.

J: ¿y lo de las abducciones?

M: Hmmmm... piensa en una leona, está descansando bajo la sombra de un árbol. Está sola. De repente, a lo lejos, ve algo acercarse. Es algo que jamás ha visto. Para. Unas criaturas que jamás ha visto saltan, caminan en dos patas, parecen haberla visto. Todo se vuelve borroso en unos minutos. Las criaturas se la llevan. La revisan por todas partes. Le ponen algo alrededor del cuello y la oreja. ¿Y sabes qué? Está consciente pero no puede moverse. ¿Qué pensará la leona de nosotros cuando despierte?

J: ¿Qué?

M:  Que somos los extraterrestres que la abdujeron para experimentar y reproducirnos con ella. O que tuvo el sueño húmedo más terrible y extraño en su vida.

J: ¿Y todo eso qué tiene que ver, carajo?

M: Que deberíamos dejar de pensar en si los extraterrestres vienen aquí. Sólo en su existencia y en no revelarnos mucho. ¿A qué vendrían? ¿Has intentado hablarles a las hormigas? No, tú y yo las aplastaríamos. A eso vendrían.

J: A veces me molesta hablar contigo cuando estás en las nubes. En serio.

miércoles, 28 de septiembre de 2011

Instrucciones fracasadas para amarrar cordones


(Sí, lo sé. Es un terrible título para esto. Y qué.)


 Gracias a L. que me enseñó cómo desmadejar líos de cordones.





Esa mañana mi ma intentó enseñarme a amarrarme los cordones de los zapatos. Algo así como…

… hace una orejita de ratón, luego otra y ésa pasa por entre la otra…

 Ése había sido mi intento fallido número tres y entonces mi ma suspira, se toma unos minutos de su largo tiempo y me amarra los cordones. De nuevo. Va casi toda una vida de usar zapatos amarrados por mi ma y unos cuantos intentos (contados por mis manitas) de nudos hechos para salir a la calle.

Y nada más fácil que desamarrarlos y andar o correr por toda la casa en medias.

Mis nudos eran desastres que nadie en la casa podía desamarrar y mi ma gritaba en la casa que cómo era posible que yo hiciera esos nudos tan…
Entonces yo siempre iba con el ceño fruncido y un gesto exageradísimo en la boca a la tienda por un par de larguísimos cordones negros o blancos. O por ambos.

A veces mi ma los amarraba y otras el abuelo. Y lo gracioso era que él entre comer zanahorias, decirme cómo amarrar cordones y tomar jugo de naranja nunca dejaba mis zapatos con las dos orejas del ratón que siempre me imaginaba mientras mi ma me amarraba los zapatos.

Tal vez por imaginarme ratones de diferentes colores y tamaños no pude aprender con mi ma a amarrarme los zapatos.
Mucho menos con el abuelo porque me reía en el colegio cómo sus nudos de una sola oreja se deshacían y yo escondía los cordones porque en ese entonces Felipe se reía de los que no sabían amarrarse los zapatos.

Otras veces mi abuela los amarraba pero no decía nada. Tal vez porque sabía que si decía lo mismo que mi ma entonces yo nunca aprendería. Aunque una vez… Pero casi siempre los amarraba después de que el abuelo hacía sus desastres de una sola oreja en mis cordones.


Hasta que un día de ésos en los que no había clases y el cielo estaba azul porque ninguna nube se asomaba aprendí por fin a amarrarme los zapatos.

Había bajado de lo que quedaba del pasamanos y me decidí a aprender a hacer los nudos. Pero era un enredo de flecos negros y dedos, garabatos entre mis manos.
Alguien estaba detrás y tragándome la vergüenza como un vaso de agua le pregunté si podía enseñarme a amarrarme los cordones. Ella se sonrió y se agachó. Yo también me agaché, feliz porque hasta ese momento amarrar zapatos era un misterio tan grande como ese mar de arena en pleno patio. Y la escuché tan absorta que aún recuerdo lo que me dijo.

… mira, haces un nudo, después haces una oreja aquí y con el otro cordón le das una vuelta alrededor, entonces lo pasas por la oreja y ¿ves? Ya tienes amarrados los zapatos. Ahora tú.

Aún me amarro así los zapatos. Después de tantos años. Jajajajaja.

domingo, 25 de septiembre de 2011

De tragedias


Música: Mykonos – Fleet Foxes y algunas que sí son de Fleet Foxes y otras que no.


Ésta, la primera y precursora de todas, es una tragedia trascendental. No la única, sólo es una entre tantas y aún así…

Ésta es tragedia no tanto para mí, es más probable que lo sea para otros. Para los otros que aún están lejos de...

La soledad me cubre como barro, me nutre el alma, cubre mis entrañas de nuevos matices insospechados e ilumina la mente con ideas que podrían ser sinsentidos bajo la luz del sol. Sólo que ya no es tanto, menos si nadie escucha mi voz entre otras tantas. Si nadie camina conmigo entre ideas y opiniones sobre absurdos y otras cosas que parecerían importantes.
Es entonces cuando la soledad se vuelve la proverbial espada de dos filos, me hiere las sienes y…
El insomnio al igual que la soledad ya no es tanto una musa sino el horror que me trajo la tragedia de la locura

¿Pero será tragedia, la locura?

Si las sombras que en la noche silenciosa se deslizan y danzan subrepticiamente a mi alrededor son para preocuparse… aún más si las desvergonzadas me hacen sentir angustia y ansiedad… entonces, sí. La incipiente locura es tragedia. A menos que todo lo aligere con el ejemplo de mi venerado Van Gogh que presuntamente estaba loco o epiléptico o quién sabe qué después de tanto tiempo y tanta cháchara polémica… o tantos otros y después decir que en la locura muchas veces se encuentran destellos de genialidad. O algo así.

Sí, por ser algo entre ermitaña y reservada algo de locura se ha escabullido entre algunos resquicios de una mente que desde tiempo ha se deshace como tallarines.

Mis segundas tragedias son pequeñas. Tan nimias que no alcanzan a estar aquí. Sólo se verían si alguien tuviera la valentía de tener una lupa a mano y ver conmigo cómo ciertas cosas me pican como hormigas.

Y he aquí una tragedia desmedida, descomunal, rabiosa. Que aunque importantísima para mí tal vez sea más que una fútil exageración para otros. Porque ése sería por mucho el más importante evento de esta miserable vida mía.
El corazón estallaría, el sudor y el estar atrapada entre una multitud por una vez no me molestaría. Porque sabría que algunos estaban allí por lo mismo que yo. Hubiera sido un éxtasis casi orgásmico, orgiástico haber presenciado al quinteto de potros. Y en lugar de eso sólo quedó la rabia y el vacío. La tristeza inconmensurable porque los potros son unos malditos genios que saltan y sudan con nosotros cuando se presentan en vivo.

¿Y el resto de tragedias? Ésas sólo aparecen cuando el reloj da las tres y el insomnio se cierne sobre mí con una cruel sonrisa.

Y luego sólo quedan las preguntas.

sábado, 3 de septiembre de 2011

A nadie y a todos

Mueres. Aquí y en todas partes y estoy a punto de llorar pero no es por ello. Sé que no es. Es porque sé que yo también muero con cada pensamiento y que debería ser valiente para cruzar este mar.

Sí, soy increíblemente egoísta pero... ¿qué no te diste cuenta? La soledad me volvió mierda las prioridades. No sólo eso, también me confundió las ideas y aquel suicida que vive en mí empezó a existir en uno de esos largos días de aún más larga soledad.

(suspiro entrecortado) Ojalá pudiera decirte algo más y sin embargo la boca abre y cierra como pez asfixiándose y ya no hay palabras que decir. Sólo que ya nada me importa excepto el altruismo de tarde en tarde al ver la sonrisa de alguien y cómo me dice con entusiasmo 'Que Dios me la bendiga'... sólo para ver dicha ajena o ya no importa que quienes dicen estar aquí y allí para mí me dan sólo silencio.

Ahora puedes dejarme ir. Suelta mi mano y esparce mis recuerdos en el aire porque yo ya estoy empezando a olvidarte. Quienquiera que seas, déjame. Déjame a este lado de la carretera. Déjame llevarme el silencio y un cigarrillo a la boca mientras busco mi camino hacia la infinita llanura del mar entre mis párpados y mi nuca.

lunes, 22 de agosto de 2011

II

Maldita mi suerte porque M. llamó excusándose por algo inaplazable.

Y yo no podría estar más indiferente al respecto. Sólo porque hace un rato la noche y el suave vaho del viento me afectaban la cabeza. Malditas sean mi suerte y esta noche.

Aunque lamentarse es inútil y agotador para una pobre alma introvertida como la mía. Entonces desecho todas mis vanas ilusiones que satisfice por un momento con la persona equivocada, abandono todo esto y me voy por el tranvía ovárico de Miller en su Trópico de Capricornio que me queda tan bien como la máscara que visto al despertar cada mañana cuando decido salir de mi mundo y entrar en aquel tan mezquino en el que los otros viven.

I


Es una noche de labios curvados en legítimas sonrisas, de escuchar pedazos de canciones o no canciones, pedazos de melodías de Stars Of The Lid, noche de escuchar la risa de M. y la promesa de un nuevo cruce de palabras en este viaje entre las estrellas.

Porque no puedo esperar –y no me cabe la dicha entre corazón y piel- a ver el rostro de cándido león que se gasta M.

Y así empiezo a erigir edificios de palabras. Palabras para impresionar, para mover su corazón, para que su suave risa me vista de mil colores el alma. E imagino las palabras que suben por su garganta y caen prístinas como cascada de su boca, el sol que se confunde en su piel y cabello, la caricia del viento en nuestras mejillas, la alegría que baila en sus ojos que me pesca incrédula entre miradas y frases.

Porque sé que se alegrará al verme tal y como me dijo que se alegraba de oírme.

Pero nada va más allá de tan vaga esperanza y de ensalzar lo posible. Cosas tan cálidas como esta nostalgia y las cenizas van hacia la nada, a estrellarse como viejos buses contra la certidumbre de que no estará a mi alcance. Y así se deshacen en el viento, se pierden entre rumores de música y la mala memoria que ya quiere dormir.

martes, 16 de agosto de 2011

Una sensación ascendente invade lugares insospechados. No es el ver a quien fue objeto de vagos anhelos por un tiempo que preferiría no recordar o a todos aquellos que lo fueron por tiempos indistintos, tampoco es saberme libre de aquel afecto absurdo y recordar cada vez menos de los otros, descubrir mundos en varias canciones o lograr cortarme las uñas lo más rectas posible (lo cual es una hazaña entre modesta e importante en mi insignificante existencia).

Aquella sensación que quema en las entrañas es la noche anterior de un recluso que sabe será liberado. Porque pronto mi reclusión voluntaria y a la vez forzada será una remota página sobrescrita por conveniente olvido.
Tal vez sea el sólo pensar en emancipación clandestina lo que hace curvar mi boca en una sonrisa, tornar zozobra en alivio. Que escapes inverosímiles amenacen con ser realidad en muchos amaneceres de crónico insomnio. O quizá el monstruo suicida que habita las cenagosas profundidades de mi alma me engatuse al fin para bajar allí y nunca despertar de la oscuridad tras mis párpados.

O ambos hermanados en un solo plan de fuga y después suicidio. Tal y como vengo maquinándolo desde hace tiempo, para que mi cuerpo no se sienta vulnerable ante otros cuando yo no esté y nadie resuelva el secreto de mi partida.

¿Qué será? A lo mejor esa canción, comenzar a llamar sueño y un buen mordisco a esa pera acaben con mi dilema.

sábado, 6 de agosto de 2011

Quisiera que nos detuviéramos un momento. Sólo un momento. Para yacer en la hierba, mirar hacia el cielo y buscar entre las nubes lo que más anhelamos. O sentir que las estrellas impertérritas se conmueven de nuestra insignificancia mortal. O advertir la caricia del viento en nuestra piel, cómo revuelve los cabellos y perturba pensamientos.

Un día de picnic. Hablando de tonterías, componiendo enredos a partir de ideas insomnes para luego reírnos como los niños que siempre seremos.

Y es imposible, eso. Porque no hay nadie allí con quien pueda ser así sin quedar al descubierto, sin sentirme desnuda y vulnerable, y luego arrepentirme de todo lo que hice y dije.

Y por siempre callar mi boca y jamás confiar, como zek que se mueve entre las estepas del gulag.

Entonces, ¿ante quién simplemente ser sin sentirme abismalmente minúscula? Sólo el silencio incómodo y una solución algo temporal responden tamaña pregunta.

Tal vez más pronto que tarde la sugerencia de una silueta (o varias de ellas) se avecine en el horizonte y la pesadumbre y frustración sobre mis pestañas se disipen en una abierta mirada.
No eres más que una vida nacida del soplo de mi pensamiento. Un acto. El relevo de alguien perdido, a quien uso para llenar el vacío.

A veces es preocupante porque estás allí, me escuchas y ríes; sólo que yo sé que en realidad no estás, que jamás lo estarás. Y la tristeza muerde y no sé por qué, si se supone que sólo eres temporal.

Y es una lástima porque al final siempre quedamos tú y yo. Tú y yo contra el mundo entre tantos secretos compartidos. A pesar de que te relego a lo imaginario y el desprecio de lo accesorio.

Tal vez sólo seas una parte olvidada de mi yo traicionado o por fin seas Wolfe en todo su encanto; no lo sabré nunca, temo que al encontrarte nombre y cuerpo te pierdas de vista.

Es en momentos como éste en los que deseo tu existencia, para decirte cosas que ni sospechas, para que el insomnio sea menos solitario.
Para que cuando la noche llegue me sienta feliz por saber que finalmente estás aquí para contarme algo de ti, mi querida niña sin nombre. :]
Despierto… o eso creo porque todo es tan confuso y neblinoso. En el mismo instante que abro los ojos zumba el ruido incesante de serruchazos, como si vinieran de atrás de mi cabeza.
Y mi cabeza se mueve al vaivén de esa cosa.
Y se siente…
¡Esperen! ¿Cómo es posible que me atraviesen el cráneo si estoy viva?
Intento mover mis brazos para detener al ruin infeliz que perfora mi cabeza. Dos. Tres. Cinco veces. Nada. Aunque por un momento creo verlos moviéndose; siguen allí, incólumes. Y duele. Duele tratar de moverlos con todas las fuerzas que pretendo tener, más que el vaivén del serrucho y los dedos que hurgan mi cabeza.

Quiero gritar y en vano porque mi boca no responde. Mi cuerpo no se mueve. Sólo mis ojos se mueven inútilmente en sus órbitas intentando ver algo que apenas puedo imaginar con horror. ¿Estoy muriendo ya? ¿Soy una gris estatua o un cadáver delirante?

Intento gritar y moverme por enésima vez y la bestia lo adivina. Gruñe y sierra más profundo. Escarba y restaña la herida con sus inmundos labios. Como si su tiempo se acabara. Es ahí cuando el horror se desvanece lentamente y empiezo a recordar que nada de esto es real, que de nuevo me dormí bocarriba. Que es mejor esperar a que la parálisis del sueño y el delirio agonizante desaparezcan en la niebla de una tierra de nadie.

Después de una eternidad el peso sobre mi cuerpo se aligera y me levanto de allí. De ese mueble maldito. Tal vez lo hago demasiado rápido, el macabro delirio aún acechándome suspendido en el aire de la tarde. Demasiado rápido para notar que mi mano involuntariamente se alza y se confunde entre mis cabellos, justo en aquel lugar donde la bestia movía su serrucho infernal y al no sentir algo (¡oh, qué tontería! ¿No se suponía que todo era un horripilante sueño?), baja aliviada mientras la otra mano cambia la hoja del libro que interrumpí al hundirme en semejante desasosiego.

Sí… siempre es mejor esperar a que la aterradora parálisis del sueño y cualquiera que sea la horrible pesadilla-delirio-demasiado-real de turno sigan su curso hasta desaparecer y sólo sean una parte de mis desdibujados fárragos que a empellones encuentran su camino hasta llegar al lápiz y el papel.


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La parálisis del sueño es más común de lo que se cree. :P Y yo sé por qué desde tiempo ha ( tercera vez que ocurrió hace muchos años) y si alguno de ustedes sabe entonces no lea esto: http://es.wikihow.com/lidiar-con-la-par%C3%A1lisis-del-sue%C3%B1o o http://www.blogcurioso.com/paralisis-del-sueno/ o más bla bla bla :P

lunes, 25 de julio de 2011

Respuesta muy "random" a un post bastante "random"

En esta absurda medianoche de aburrido insomnio se me ocurrió responder a un post. Sólo porque me gusta molestar a La joven que vivía a la sombra de los demás y porque no hay nada más que hacer salvo leer varias historias a la vez.

Y eso que se supone que estoy jugando a evitar a todos aquellos que entran y salen de mi espacio. ¡Ja! Como si fuera tan difícil.

Entonces, empiezo diciendo que...

Sí, es graciosísimo que individuos tan perfectos según nuestras alucinadas concepciones sean a la vez perfectamente perfectos inalcanzables. Y deduzco entonces (aunque puede que esté divagando más de lo que se me permitiría) que estamos todos completamente jodidos si algo así pasa a menudo y que la rabia es perfectamente justificada si, ¡bam!, cualquiera de ésos penetran tan fácilmente lo que falsamente se creían muros altos y recios (seriamente divagando).

Y que... seré egocéntrica y diré...

¡Ja! También me digo que es un misterio el cómo/por qué/cuándo hice amigos y tan pocos. Y la otra parte de nuestro absurdo trío de dos animales y un arco iris, piensa que eres todo lo contrario a lo que dices de ti misma. Algo hilarante, supongo. Aunque es comprensible porque por lo que sé, más allá de las bromas no mucho se pasa entre ustedes.

Y empezar de nuevo es... un renacer muy difícil, tal vez imposible dado que nuestras vidas describen los mismos círculos, esto sin ser percibido por nosotros hasta que es tarde, cuando somos viejos y sabios y medio muertos. Y esos círculos son nuestro yo, nuestra naturaleza, lo innato y que nos es tan familiar (determinismo, ¿no?). ¿Se podría cambiar todo lo que eres por ir en pos del cielo más azul al otro lado del horizonte?

Al principio el olor del nuevo comienzo nos engaña pero siempre volverá todo a ser lo que fue.

La conclusión a semejante desorden (el encanto de todo lo que escribo) que dejo aquí es que...

...ojalá pudiera ir más allá de lo que ya sé (coz I know better than that), detenerme por un momento y decir que deberías dejar de subestimarte tanto como lo haces. Porque si no sabes quién eres, hay otros que, aunque protestes, te ven tan claro como a un nuevo día.

domingo, 24 de julio de 2011

Siento cerca la partida. Aún lejos pero puedo verla en el horizonte acercándose, simulando una sonrisa.
Alguna vez me dijeron que debería despertar antes de que la realidad me aplastara (¿fueron esas las palabras?). Pero es tarde; me hallo en el suelo, inmóvil y triste, exhalando derrota y sangre mientras que arriba mi culpa y la realidad ríen y me aplastan el pecho con sus zapatos negros.

Y cierro los ojos porque es el fin de mí misma y el inicio de la verdadera caída.

Sí, siento cerca la partida. Porque aunque intento, nada encuentro y la idea de huir de este plano ya es más que una contemplación insomne. Me atrae con su promesa de bajar de mis hombros el peso de toda una vida actuada para miradas invisibles, de disolver la angustia, de dormir entre canciones y viento entre los pastizales.

sábado, 23 de julio de 2011

Fui feliz. Soy aún feliz. Es una de aquellas raras ocasiones en que toda imagen alguna vez asociada por mí con la felicidad viene a mi mente para hacer de mi sonrisa el rostro del gato de Cheshire. Y que el alma se expanda en el pecho hasta que las costillas duelan y algo que no es nudo se atraviese en la garganta mil veces.

Y el corazón late fuerte, como loco. Como en un precipicio desde el que veo el sol en tonos de crepúsculo o cuando siento el frío de las lluvias de abril en mi piel o como si aquélla con quien tuve mi último sueño aún estuviera allí con sus labios en mi mejilla, esbozando una sonrisa.

O los cuadros de Turner.

Entonces empieza una canción que suena a algo de Stars of The Lid y que tuve suerte de encontrar en un lugar tan inesperado. Porque a veces las más bellas cosas se encuentran allí, entre lo inesperado, en una coincidencia o serie de ellas. Debería ser absurdo pero sólo lo hace aún más hermoso.

Y con esa canción, como eco de lo que jamás será, me toma por sorpresa la sensación de estar fuera del tiempo, saltando por el mundo y miles de mariposas vuelan bajo mi piel.

Fui feliz. Aún soy feliz. Lo cual me sorprende porque antes creía que todo este asunto de la felicidad era demasiado grande para alguien que se esconde tras los ojos fríos del escepticismo crónico.


And that bloody thing that won't let me breathe properly swells a bit more.

Happy times' song (3-3 - Summer Night Air) 

sábado, 16 de julio de 2011


A distant man
A troubled soul
We all are like that, ain't we?
 

sábado, 25 de junio de 2011

Y pienso tan a menudo en saltar tanto como sueño con un dios de pelos necios y barba negra que canta con voz suave seguido de otros cuatro en instrumentos y voces en el fondo que crean magia en colores cinematográficos. Así como pienso que me perdí en alguna parte, al punto que palabras que solía apreciar y personas que constantemente giran a mi alrededor se desvanecen en la irrealidad. Sólo quisiera reírme de todos ellos, sus dedos ya no despiertan nada en mí.

Esos recuerdos estúpidos no volverán, esos imbéciles que quieren enloquecerme con sus traiciones tras esas sonrisas atoradas... jamás han sospechado que subrepticiamente, bajo la superficie de esta glacial fachada, aún sobreviven, como gusanos en un cadáver, planes perversos de desaparición. 

Porque toda una vida de atropellos, cuerpos presentes y almas ausentes, llamadas ignoradas y miradas aún más extrañas que la mía obligan a maquinar venganzas en las que se observa desde arriba (oh, maligna satisfacción) como se es quien se deja a los otros atrás, abajo, dando vueltas como perros que persiguen sus colas sin saberlo. Sin dejar rastro o explicaciones o escribiendo explicaciones apresuradas que agujereen sus almas y oculten tantas otras razones.
Por primera vez en mucho tiempo el último sueño de la fría mañana no es ni él ni ella ni otros imposibles pero es aún más desconcertante porque ojos desconocidos se dirigían a mí con un dolor infinito en ellos. Y mis manos se enredan en su espalda y su cabeza se oculta en mi hombro y el olor de la lluvia y de perfumes llega hasta mi pecho y mi nuca se humedece. Ella llora y no sé por qué.

Trato de mirarla y allí está presente esa mirada que me perturba, que me dice que algo debería estar sucediendo en este momento. Cierro mis ojos por lo que parece una eternidad y un suspiro escapa. Algo oprime mi boca suavemente y dedos fríos describen afectos insospechados en mi piel.

Y es lo único que recuerdo porque el frío ahuyenta sueños. ¡Ja!

jueves, 23 de junio de 2011

La mirada se pierde en la distancia, hacia el horizonte. Siempre hacia el horizonte, allí siempre es más fácil pensar en quienes se deja atrás y en otros recuerdos y si se dejó todo tal como se quería y si las razones escritas ocultan las heridas que nadie sabe. Porque esta vez no habría cabos sueltos. Esta vez lo haría mejor porque no creía que pudiera resistir otra caída.

Aunque… toda esa palabrería sobre sus recuerdos y los que atrás se quedan no son sus pensamientos. Antes siente placer perverso al saber que deja atrás a todos esos gañanes que pretendían ser algo, por una vez sería quien los dejaría atrás, el resto no importaba. Y sus recuerdos, ¡bah!, rememorar cursilerías es de viejos y nostálgicos…

Tal vez el dolor sordo y afilado como navaja que reside en su pecho… tal vez el temor ya algo vago de no haber dispuesto las cosas como quería… sí, tal vez sean las únicas cosas que estén allí.

Porque tiempo ha que aquella parte sensiblera sucumbió en el fango de su alma poluta. O eso es lo que prefiere creer cuando algo que no debería estar allí se agolpa en su garganta.

Arde. El cigarrillo entre sus dedos se acaba y lo dirige hacia sus labios para una última bocanada antes de mirar hacia abajo. Al precipicio que pronto detendrá cuerpo y sangre. Entonces da un paso adelante, más cerca de la caída y sonríe. Sí, por una vez seré yo quién los deje atrás, quisiera que en sus pobres mentes me vieran reírme de ellos.

Entre sus cabellos el viento ruge, el frío se asienta en su cara. Las rocas de más abajo se ven aún más espeluznantes que antes pero nada de consideraciones, no ahora que nadie está allí.

Y retrocede un poco para coger impulso. Y cuando cae y el aire roza sus mejillas siente que debería tratar de extender sus manos o pies hacia algún resquicio, una roca que detenga su caída porque esto no es un sueño y no despertará jamás de un salto en su cama. Pero no importa, se siente... genial. Como un vuelo prolongado aún más cuando sus ojos se cierran para no ver cómo se acerca...

Y allí yace con esta... especie de sonrisa que se entremezcla con alivio. Los altos hierbajos entre las rocas rozando su cuerpo tiñéndose de rojo. 

miércoles, 22 de junio de 2011

Pasa sus dedos por su pecho. Una, dos, tres veces. O más. No importa saberlo porque el escozor allí es desesperante. O tal vez todo esté en su mente insomne como aquellas sombras que lo enloquecen en la noche o los ecos que se alejan en la oscuridad aunque lo suficientemente claros como para escucharlos entre la música. Pero tampoco importa saberlo porque en el desespero nadie sabe distinguir lo real de lo imaginario, sólo se desea huir o acabar con lo que sea esté allí de cualquier manera. Y pasa de nuevo sus dedos, golpea su pecho, llora con fuerza, retuerce sus manos y murmura clemencia pero el hormigueo no cesa. Ahora siente que se quema y su brazo duele y arde. Entonces una idea horada sus pensamientos confusos y es tremenda y espeluznante pero quizá sea la maldita solución a la sensación implacable bajo sus dedos. Y es que esa debe ser, apuñalarse repetidamente, su salida porque así lo siente. Tal y como casi lo hace cuando esa misma sensación avanzaba lentamente por su pierna días atrás. Y siguiendo ese recuerdo se pregunta la causa de lo que escalda su pecho y perturba su mente.

No interesa nada. El escozor sigue allí, triunfante y molesto. Pasa sus dedos de nuevo. Sus uñas ya sucias de hacer surcos en la piel. Y aún no puede alcanzar el hormigueo. Está bajo su piel, estará bajo su piel. Entre piel y hueso. Entre vísceras y piel. Aún no logra identificar el lugar exacto. Pero sabe que estará por días, enloqueciéndolo aún más que las sombras que se dejan ver en la tenue luz que viene de la calle y que bailan frente a sus ojos rojos por el cansancio.

Y las horas de insomnio que se acumulan y el miedo a lo que depare la noche corroen lo que de cordura queda en el día. Entonces percibe el escozor allí, suave pero persistente y allí mismo decide, rabioso, acabarlo.
Ahora pasa sus dedos por sus cabellos. Sus ojos fijos en el puñal. Ya no tan dispuesto a hacerlo. Con el corazón golpeando sus costillas.

La locura de todas esas noches vuelve con violencia y dedos lívidos y temblorosos se aferran al mango. Cierra sus ojos al momento que el filo se hunde en la blanda carne. Y le sigue otro golpe y otro con mayor fuerza. Si mirara, contemplaría la sangre que salpica la blanca pared, la que baja por su pecho, el puñal y su mano. Qué importa ya, aunque moribundo y el dolor punzando se estremece de alegría porque qué alivio es no sentir más esa trepidante comezón que sus dedos no pudieron aplacar.

viernes, 13 de mayo de 2011

A este lado de la montaña

Piensas que éste será el último paso en la nieve. Sería un alivio pero el miedo cierra tu garganta, miedo de no ver de nuevo a quienes te esperan más allá de la montaña y aún así esperas, maldiciente con cada movimiento tortuoso y agarrotado, caer inconsciente y jamás despertar.

Entonces caes y crees que ya no tienes cuerpo, que eres mente y alma y un pozo de sangre en la boca. Te das cuenta de que esa es la muerte crepitando lentamente, entumeciéndote por completo y te imaginas más blanco que toda aquella nieve que te rodea y que ha caído en tus cabellos.

Cierras los ojos porque la nieve que cae nuevamente empieza a pesarte en las pestañas y anhelas imaginar la sonrisa de aquel niño pelinegro que en tus recuerdos te abraza con ojos dulces pero luego de un rato sus ojos son implacables, su sonrisa se ha ido y su boca llena de nieve, silencioso testimonio de lo muerto que está. Toses hasta casi dar arcadas y sientes la sangre caliente volviendo a tu boca, quisieras escupirla pero se derramaría por tu mejilla y te repugna más esa idea que tragarla.

Entras y sales del sueño varias veces. Nada es real a tu alrededor y la horrible sensación de que te hundes y te desvaneces con el hálito frío que baja de la maldita montaña te agarra por el cuello. Y sueñas que eres roca, en otro alcanzas a quienes te esperan pero ellos no te ven y sólo sus caras entristecidas vueltas hacia la montaña te dicen que estás muerto y en el último que recuerdas, el canto de una mujer en la lejanía te arrullaba como niño pequeño.

Te ves a ti mismo destrozado, abatido y sin esperanzas, llamando en silencio a quienquiera esté por allí. Más muerto que vivo. Y lloras o al menos un par de lágrimas que logran salir para luego morir heladas bajo tus ojos, aquellos ojos que por primera vez en días diriges al sol –o al cielo o a lo que sea- en una muda súplica. No importa que te ciegue, que sea el último escupitajo nauseabundo de sangre en la nieve y te preguntas por enésima vez, antes de cerrar los ojos, si ya estás muerto.

Y si hubieras creído que tu alma sobreviviría a tu muerte, hubieras agradecido morir tal vez inconsciente, tal vez soñando con aquel canto de mujer que te arrullaba confundiéndose con el niño de ojos duros y negros como agujeros riéndose aunque su boca estuviera llena de nieve porque aunque querías, jamás hubieras soportado morir despierto, cada intersticio, cada miembro, cada centímetro de tu piel haciéndose tan frío como la suave capa de nieve que te hace invisible a los ojos de otros.

Incoherencias en un parque

Palomas. Siempre he sentido perverso placer al asustarlas, hacer que vuelen lejos de mí para luego volver. Si las personas fueran como palomas…

Estaba en un parque cuyo nombre no quiero recordar, pensando en esa triste soledad que invade cualquier intersticio de mi piel cuando el cielo amenaza con lluvia y asustando palomas y reprimiendo las tremendas ganas de acercarme a cierto lugar, comprar cigarrillos y jugar a la muerte lenta.

Sólo que el cielo no estaba oculto tras nubes grises y la lluvia no llegaba por ninguna parte. El sol quemaba las espaldas de quienes estaban más alejados, de quienes yo me alejaba a propósito. Aún así la soledad de días lluviosos me sofocaba el corazón y bombardeaba mi mente con lánguidos chapoteos de oscuros pensamientos.

¿Dar una oportunidad a quiénes exactamente? ¿Alguna vez se acabarán las pesadillas de las que despierto muy tarde? ¿Se irá la soledad si confío en aquello que personas lejanas me dicen en ecos que no logro escuchar? ¿Por qué no puedo ser? ¿Por qué no me dejarán ser? ¿A qué tengo miedo? ¿Podré irme lejos sin mirar atrás?

Ojalá la lluvia hubiera llegado. Empapándome. Calando hasta lo más profundo y arrastrando consigo el peso de tantas cosas.

Dejándome la ligera alegría de no cargar un mundo.

El tiempo corría raudo. Era casi mediodía. Algunos que pasaban por allí se quedan, otros corrían tratando de alcanzar un tiempo que creen perdido, un tiempo que jamás será suyo. Tal vez sean sólo minutos que tal vez no hagan mucha diferencia aunque… la vida es tan corta que lo más nimio en nosotros hace una gran diferencia.

Llevaba bastante tiempo observando con distante curiosidad –lo más seguro posible para no verme atraída por ideas locas como mezclarme allí- el ambiente que bullía de hilarante cacofonía como sólo en estos lugares del sur puede verse, veía sin sorpresa cómo a la vez quería distanciarme de allí porque esa multitud de personas amenazaba desde lejos con engullirme entre sudor y olores extraños y la ilusión de cardúmenes de peces iguales en un mar-ciudad anónimo.

A veces la soledad pesa más que la culpa, pensaba mientras me acomodaba por enésima vez en el banco para que no me alcanzara ese sol que se filtraba por resquicios de la sombra de un árbol. Pero también esa soledad aleja a idiotas como yo de lo más humano, de lo gregario que rige el mundo ahora –sospecho que quizá siempre ha sido así-, de la ilusión de realidad que muchos creen es la más trascendental, de cosas más importantes que presionar un botón para que la siguiente canción –que se conoce tan bien- suene más fuerte que mil voces indistintas.

No obstante, es mejor así, rehusarse con firmeza a seguir atropelladamente las huellas de otros en la arena, que la realidad que se tiene por propia sea incongruente con otras y con la que estará siempre presente allí, que jamás se sienta una cómoda dejándose llevar por la tentadora marea.

Mejor que una canción y una soledad casi inconmensurable describan la pugna de quien se sienta en un parque a increpar el mundo sutil y silenciosamente el elogio obsceno al apretujarse contra otros en un enjambre desdibujado de caras y cuerpos que jamás se conocerán íntimamente.

miércoles, 9 de marzo de 2011

Un par de zapatos

Despierto. Encuentro que en mi boca hay un sabor extraño e indescriptible, en mi mente una confusión distinta a la de las mañanas. ¿Qué es?

A veces me pregunto si alguien más está en mí, usándome como un par de zapatos, si yo misma estoy usando ahora otros pares de zapatos que no me corresponden. Ya sea por un momento o una vida entera.
A veces es tan cierto, tan real  que si despierto o salto a la cama para un último round de insomnio o me invaden pensamientos foráneos, siento aún que mis zapatos son enormes o muy pequeños.

Que la piel me incomoda.

¿Yo seré yo? ¿Alguien más juega aquí a ser yo? ¿Estoy yo en alguien más intentando ser ese alguien?

La confusión crece  cuando de repente, de la nada, sólo hay cielo, siento que mido un metro ochenta, uso zapatos negros, miro manos que no tienen  mis lunares y de alguna manera sé, sin mirar, que tengo ojos pardos. O el aire huele a humedad tranquila, me siento infinitamente pequeña, arrancando hierba con manos morenas y el olor a tierra mojada acaricia mi nariz y abdomen.

martes, 8 de marzo de 2011

Y es ahora, con minúsculas alegrías brotando a borbotones en la mente y otros lados, que me siento ante el computador a escribir algo tan absurdo como

"Ojalá el frío que cala en la piel estuviera presente esta tarde de frío sol, me calmara el dolor de cabeza y me hubiera dado una razón para no estar allí y morir bajo las cobijas mientras me preguntaba si N. veía las estrellas, si N. jugaba a encontrar belleza en donde fuere, si a N. le gusta la lluvia y estar bajo ella, si N. ríe con ganas, si a las 5 de la mañana estaba yo despierta por ese mismo frío que cala hondo en la piel..."

domingo, 27 de febrero de 2011

Con música de Sigur Rós.

Miraba inquieta a ambos lados de la carretera esperando que llegara ella. Tamborileaba mis dedos en la pared o mis brazos en un gesto de ansiedad que se confundía con el ritmo de la música que entraba en mis oídos. Ojalá fumara porque en ese instante una o dos bocanadas hubieran sido suficientes para calmarme. Sabía por alguna razón que hoy llegaría temprano y me sorprendió saber que estaba en lo cierto. Sentí que todo debería detenerse, que el tiempo dejara de correr raudo y que sólo quedara la canción que me ensordecía lentamente y recorría mi cuerpo mientras ella caminaba hasta la verja bajo el sol apabullante del miércoles.

La vi desde el reflejo de una ventana, era menos real, salía de un sueño, de entre oscuras aguas vítreas como un náufrago, era más mía de lo que nunca lo será. Inmóvil. De brazos cruzados. Casi impaciente. De vez en cuando arreglaba un flequillo de cabello tras sus orejas con cierto aire tímido, maniobrando en el aire una de sus manos mientras su otro brazo permanecía inflexible contra su pecho. Ardiendo bajo el sol infernal. Sus labios más rojos de lo usual eran lo único que podía entrever de su cara porque tan lejos estaban ella y esa maldita ventana que preferí dirigir mis ojos hacia la ventana sin verla realmente.

Me preguntaba una y otra vez por qué no se acercaba a la sombra, si no quería estar cerca de los que cuentan malos chistes y de los que se ríen, si quería desentenderse de la proximidad de otros, si en realidad sólo esperaba impaciente a que abrieran la verja. Y el desasosiego empeoraba con la última suposición porque la hacía más distante y fría; un nudo se asentaba en mis entrañas, el alma se escondía en lo más profundo y la sensación de que algo caía en picada era más fuerte con cada pestañeo.

A pesar de mi pesimismo de último minuto fue una feliz coincidencia que durante todo ese rato “Fyrsta”, “Samskeyti” y “Njósnavélin” sonaran como dulces murmullos de corrientes de agua y miles de caricias en el corazón. Una feliz coincidencia porque ahora mis canciones de Sigur Rós son ella y sus labios rojos, su cabello lacio y claro, sus manos blancas, la manera singular en la que curva sus labios en una sonrisa, su voz que puede confundirse en varios acordes de distintas canciones.

miércoles, 9 de febrero de 2011

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“Y ayer me di cuenta de que me gustaba porque la escuché reírse” Vaya, es algo inútil tratar de escribir algo más allá de eso. A menos que la describa, que describa lo que para mí fue escucharla. Porque tiene una voz preciosa como de cascada de arroyo, como de sexy inocente, de femineidad que sale de sus poros.

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Allí estaba. Sola, muda, perdida en sus pensamientos y sus ojos absortos y desentrañando la locura geométrica de los azulejos del suelo. La recuerdo más en el encierro aparentemente mirando más allá del frente del salón que allí, parada, esperando entrar. Si supiera que un poco más atrás estoy yo con mi juego de encontrar algo nuevo en ella, de descubrir un lunar en sus hombros, de querer saber cuándo deja caer sus brazos de tal manera y adivinar su ánimo. Y dejo de mirarla, han pasado no-sé-cuántos minutos y tal vez es mucho. Tal vez se dé cuenta de que alguien un poco más atrás juega a notar las más pequeñas cosas.

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Me encantan las coincidencias, esos pequeños sucesos que encajan entre sí como ladrillos para a veces jugar a favor o en contra nuestra como si fueran niños. De una larga sucesión de coincidencias que alguna vez enumeraré cuando lo posible deje de serlo, sólo dejaré en claro algunas. Aunque, ¿por qué lo hago? Son coincidencias absurdas y mínimas que quizá soy yo la única que las ve no sólo por sentir sino porque también estoy majareta.

Casualmente estamos en el mismo grupo aunque yo llegué primero. Casualmente se sienta bastante cerca aunque antes no lo hacía. Casualmente un día alguien estaba en su lugar (¿o ella solita se cambió?). Nadie casualmente estaba en un puesto que casualmente estaba cerca aunque había otros adelante. ¿Había otras coincidencias? Sí que sí pero las descarto como tonterías o no las recuerdo tanto como quiero recordarla a ella.

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Recostarse en el suelo y estremecerse por el contacto y el frío. Yacer allí con la cara vuelta hacia el techo y fingir que techo no es techo sino cielo y estrellas y pequeñas nubes. Sin que nadie se dé cuenta que estoy allí, ser fantasma aunque sea imposible. O no tanto, son casi-las-cuatro o tal vez casi-las-cinco. Como si alguien estuviera de insomne como yo a esas horas.

Sentir que todo fluye en un río inconexo y turbulento de pensamientos. Sentir que su marea viene, que sus olas-recuerdo rompen y rugen en las arenas-memoria. Sentir que la amo en un instante más de lo que alguna vez lo haré, sin conocerla, sin hablarle.

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Ojalá mis dedos, mis manos se hundieran en su pelo, en ese lacio cabello castaño y hacerla reír, hacer que su boquita se curve y que baste con un leve toque de mis labios allí.

Tocar su boca, acariciar su lengua. Hacerla reír cuando mi lengua y mis dientes merodeen y muerdan su dulce cuello de leche. Ojalá estuviera aquí mismo, mirándome como lo hizo en un breve instante del jueves.

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Supe su nombre hace poco. Porque no prestaba atención no lo supe más antes y cuando por fin lo hice hubo una explosión. No, miles de pequeñas explosiones en una sola. De cosas infinitas que no tienen nombre. Y fue el día más estúpido y feliz y el más horrible y frenético. Alguien la quitó de su puesto que, oh-dios, estaba cerca del mío y tuvo que irse hacia el lugar que idiotas como yo evitan: el casi-frente. De nada valió porque el miserable se había equivocado de grupo y se largó después. Odié a ese mezquino tanto como a otros que han hecho peores cosas.

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Parece que espera, que quisiera escuchar, que quisiera estar entre el grupo, parece que quisiera hablar con nosotros. Esa impresión me queda muy clara al ver que al salir, ella de cierta manera se detiene por un momento y vuelve su cabeza un poco. Como si esperara, como si fuera parte. Pero es algo imperceptible o casi lo es porque sigue con su camino, sale, no dice nada y se pierde de mi vista porque los pasos van en direcciones opuestas.

Es ahí cuando me doy cuenta de que es inalcanzable.

martes, 1 de febrero de 2011

Untitled 10

Llovía, llovía en todas partes. No del cielo caía la lluvia sino de las circunstancias, de lo que con movimientos bruscos me mantenía lejos de la cordura del ser neutral emocionalmente. De su maldito recuerdo del que apenas sí queda una imagen de cortina de agua y es mejor así porque no soportaría que la distorsión se fuera, qué bueno que nunca intenté tener una foto suya a hurtadillas. ¿Quién querría hacerlo de todos modos? No cuando se sabe que es inútil mantener vivas unas esperanzas diminutas y moribundas.

No sé por qué le doy importancia a algo que ni siquiera es cierto, que no existe. Sé que ella me arruinó varias canciones, el tiempo que hubiera invertido en entrelazar vuelos de libélulas con invisibles estelas, me arruinó la imagen bajo mi piel y me hizo sentir el ansia peligrosa de ser masoquista a su alrededor. Sé que la odio por todo eso y más, ¿cómo pudo hacer tantas cosas sin ser consciente de las heridas que me causaba? Sé que he intentado y fallado infinitas veces al tratar de borrar su imagen de mis párpados. Sé que a pesar de intentarlo no quiero dejarla ir.

Si ella se fuera; si por alguna razón que no quisiera saber dejara mi vida llevándose su inconstancia, su "definitivamente somos iguales", su desolación y, sobre todo, su propia historia de amor frustrado. Si ella se fuera por donde vino sería... una pérdida de tiempo, alguien peor que ella llenaría ese espacio.

Mientras la lluvia se cuela por mis goteras y Su languidez me inunda, trataré de dejarla allí. Que viva hasta que muera a manos del tiempo y otro u otra avancen lenta e insospechadamente hasta que sea demasiado tarde para decir no.

Carta abierta sobre algo indefinido para una persona concreta

Debería enumerar tantas cosas por decir pero supongo que es mejor seguir el rumbo de mis pensamientos fortuitos, veremos pues dónde terminarán, dónde serán editados. Debería sentirme incómoda con dos entradas empezando por la misma palabra de lo posible.

Es una de tantas interminables noches de insomnio, entre lo real y el sueño que aún no logro conciliar. Una de esas noches en las que todo me está permitido buscar, leer, bla, bla, y más bla.

Es en esta madrugada en la que me decidí por leer algo tuyo. Por curiosidad, por el sabor pequeño de culpa en mi boca, porque ... Y encontré cosas fascinantes, mundos insospechados en ti, un totalmente desconocido concepto sobre ti. Y me encanta y me intriga y me alivia saber que no eres nada que imaginaba. Mejor para mí, no seré alguien que se queda tan en la superficie. Simplemente, encontré algo mejor que mis torpes intentos de hilvanar palabras y plasmar pensamientos.

Y me asaltan preguntas: ¿por qué? ¿por qué quieres ser alguien más cuando eres eso y mucho más? Qué es lo que dices, qué es lo que no, cuál es el subtexto, lo que yace entre líneas, la causa, el todo. Tal vez esté divagando un poco pero ésas son las cuestiones. Tal vez esté siendo demasiado curiosa para mi propio bien.

Si alguien debería ser diferente a lo que es, esa soy yo.

Sólo termino con: para mí que te queda bien un arcoiris porque no quiero creer que un arcoiris es sólo un espectro de colores claros y brillantes.

lunes, 31 de enero de 2011

Untitled 11

Debería dejarlo. Debería dejar de decir tales palabras. Debería dejar esas ilusiones que me torturan, que me muerden el alma y los labios en el insomnio. Debería dejar de pensar que ella alguna vez lo hará porque nunca es nunca. Me lo dijeron hace ya un tiempo del que no tengo memoria y aún me aferro a esas malditas esperanzas falsas que me carcomen la voluntad. Qué triste soledad.

Imagino que será mejor jamás hacerle caso ni contestar sus mensajes de cierta manera ni llegar allí cuando se le dé la gana. Porque sé muy bien lo que hace con mi voluntad y aún dejo que lo haga, que me maneje a su antojo. Un planeta girando alrededor de una estrella. Un títere manejado por su titiritero. Yo sé que en realidad no significo nada.

Ojalá con esto algo olvide, algo se alivie, algo se muera, algo deje de ser tan espantosamente aterrador y las disimilitudes entre realidad e imaginación no sean tan enormes.

Una puerta que se condena, un horizonte que se esfuma, una idea desechada, la última de mis equivocaciones. ¿Por qué aún sigo como Joel Barish cayendo en ese abismo de sentimiento cuando alguien muestra el mínimo interés por mí?  Se necesitan una canción de cierto género y comprender algo como parte de una epifanía agridulce para hacer llorar a alguien.

Se necesitan millones de palabras para expresar la más mínima de las emociones en una aproximación algo burda y torpe a menos que se vuelva a inventar palabras. Debería… olvidar, esto no lleva a nada concreto. Es un lío de ruido blanco, pensamientos inconexos, lo fortuito junto a lo que jamás podría decir.

Llorar no vale. Sólo sentir. Saborear el momento que canciones como ésta cambia de lo mísero a lo sublime más allá de la mente.

Y es maldita-sea-mente inevitable buscar en canciones como ésta lo que aún no he llegado a tener de verdad. Un short film que condensa el sexo, la caricia, el encuentro, el roce, el contacto. Y es maldita-sea-mente tormentoso sentir en el pecho las dagas de esa maldita tensión que se extiende por todo el cuerpo cada que los vagos pensamientos llegan a ese punto. Porque ellos siempre lo hacen.