lunes, 10 de octubre de 2011

Inmóvil. La mirada perdida en un punto cualquiera en aquel único horizonte disponible en el espacio reducido bajo una puerta. Un gato blanco atraviesa la calle, se oculta entre sombras que han sido mi sueño por mucho tiempo. Un ligero soplo roza mis mejillas pero tal vez la hoja muerta y marrón frente a mí sienta más la caricia que yo. Yo que ni siquiera he podido lograr que mis dedos se extiendan un poco más y alcancen algo imposible ni que termine en un olvido senil aquella cruel tiranía de mi triste pecho herido sobre el resto de mi cuerpo.

Un suspiro rompe el silencio. Un poco de aire exhalado entre labios agrietados. Una última palabra. Un suspiro cansado de un alma infinitamente exhausta.

Mi mente va y viene de aquí a más allá, continuos apagones hacia... ¿Es un océano? ¿Es ruido blanco? Una vuelta más al reloj y ya estaré allí, otro estirón de mis dedos y aquella hoja marrón crujirá entre ellos como mi vida en aquella primera expresión de dolor en mi rostro cuando la hoja metálica se hundía frenética en mis muñecas clamando sangre. Sangre que ahora se seca en el suelo.

Cierro los ojos, mis párpados pesan tanto que no lo soporto y la caída es inevitable. Un splash en la oscuridad detrás de mis párpados, el océano infinito que siempre he querido penetrar. Y con una sonrisa algo inacabada en mi cuerpo y otra en el alma estiro mis brazos y me disuelvo suavemente en más allá.


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En ésta no sé quién muere. En serio. Ni siquiera fue influenciada por el suicida en mí. ¿Será Wolfie? ¿La niña sin nombre?

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