¡Oh, mira! Mira quién va allí. ¿La ves? Va
con prisa, al otro lado de la calle. ¿Crees saber a dónde va? ¿Quieres
seguirla? Yo sé a dónde va y no, yo no quiero seguirla como tú.
Algo en ella me dice que va hacia donde yo
quiero ir, por eso la sigo.
No la pierdas de vista.
Se escurre entre puertas de cristal de
aquel edificio en la esquina. Sube las escaleras con premura. Un escalón tras
otro con nerviosismo y parece contarlos. Entre sus manos retuerce mil veces un
papel. ¿Por qué subirá hasta este piso? Toda ella desentona aquí.
¿Ves su triste mirada y esa sonrisa? Ahora
sabes qué hace aquí, ¿no? No, vete. Yo haré lo heroico para que después tú,
maldito cobarde, te lleves todo como siempre lo haces.
Allí está ella. Engalanada como la noche,
sus cabellos se mueven con el frío viento de octubre. Trata en vano de subir la
horrible baranda de concreto. Mis manos alcanzan su cintura, se estremece. No,
no estoy aquí para eso. Quiero ayudarte. Porque también yo quiero ir allí,
contigo o sin ti da lo mismo pero tal vez tú sí quieras compañía.
Una sonrisa ilumina su boca. Baja por un
momento, ha olvidado quitarse sus zapatos.
Miramos abajo entre colores sucios, mugre y
muchedumbre; luego hacia el horizonte, la vasta prolongación de una ciudad que
extiende sus tentáculos buscando ingenuos en las afueras. Por último al cielo,
el que hiere nuestros ojos con sus azules y blancos.
Uno al lado del otro, parados sobre la
baranda, tomo su mano en la mía. Deja deslizar el lánguido papel en mi mano. Te quiero aquí conmigo. Dos últimas
sonrisas embellecen nuestra tragedia en el aire. Somos dos aves, tristes aves
de mal agüero, volando hacia el infinito.
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Nope. Esta no es respuesta a una entrada. Se
suponía que ella era una suicida frustrada. Menos que eso, farsante. De esos
que quieren morir lanzándose desde un tercer o cuarto piso o segundo piso o
tomando veneno para ratas a la vista de todos. Simuladores que quieren llamar
la atención sobre sus insignificantes problemas aumentados por personalidades
aún más narcisistas que la mía. Y quien narra esto se suponía que sólo estaba
entre los demás que contemplaban (o simulaban contemplar como él o ella)
horrorizados a una muchachita que quería suicidarse, criticando cáusticamente a
los impostores.
Se suponía que ella y su pobre intento eran
la excusa para ser implacable con los imbéciles que se ven en las noticias,
sentados o parados en el balcón de un segundo/tercer/cuarto/etc piso que ni siquiera saltaron y se rinden
fácilmente. ¿Esperaban que otros notaran su existencia?
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