Música: Mykonos – Fleet Foxes y algunas que
sí son de Fleet Foxes y otras que no.
Ésta, la primera y precursora de todas, es
una tragedia trascendental. No la única, sólo es una entre tantas y aún así…
Ésta es tragedia no tanto para mí, es más
probable que lo sea para otros. Para los otros que aún están lejos de...
La soledad me cubre como barro, me nutre el
alma, cubre mis entrañas de nuevos matices insospechados e ilumina la mente con
ideas que podrían ser sinsentidos bajo la luz del sol. Sólo que ya no es tanto,
menos si nadie escucha mi voz entre otras tantas. Si nadie camina conmigo entre
ideas y opiniones sobre absurdos y otras cosas que parecerían importantes.
Es entonces cuando la soledad se vuelve la
proverbial espada de dos filos, me hiere las sienes y…
El insomnio al igual que la soledad ya no
es tanto una musa sino el horror que me trajo la tragedia de la locura
¿Pero será tragedia, la locura?
Si las sombras que en la noche silenciosa se
deslizan y danzan subrepticiamente a mi alrededor son para preocuparse… aún más
si las desvergonzadas me hacen sentir angustia y ansiedad… entonces, sí. La
incipiente locura es tragedia. A menos que todo lo aligere con el ejemplo de mi
venerado Van Gogh que presuntamente estaba loco o epiléptico o quién sabe qué
después de tanto tiempo y tanta cháchara polémica… o tantos otros y después
decir que en la locura muchas veces se encuentran destellos de genialidad. O
algo así.
Sí, por ser algo entre ermitaña y reservada
algo de locura se ha escabullido entre algunos resquicios de una mente que desde
tiempo ha se deshace como tallarines.
Mis segundas tragedias son pequeñas. Tan
nimias que no alcanzan a estar aquí. Sólo se verían si alguien tuviera la
valentía de tener una lupa a mano y ver conmigo cómo ciertas cosas me pican
como hormigas.
Y he aquí una tragedia desmedida,
descomunal, rabiosa. Que aunque importantísima para mí tal vez sea más que una fútil
exageración para otros. Porque ése sería por mucho el más importante evento de
esta miserable vida mía.
El corazón estallaría, el sudor y el estar
atrapada entre una multitud por una vez no me molestaría. Porque sabría que
algunos estaban allí por lo mismo que yo. Hubiera sido un éxtasis casi
orgásmico, orgiástico haber presenciado al quinteto de potros. Y en lugar de eso sólo
quedó la rabia y el vacío. La tristeza inconmensurable porque los potros son
unos malditos genios que saltan y sudan con nosotros cuando se presentan en
vivo.
¿Y el resto de tragedias? Ésas sólo
aparecen cuando el reloj da las tres y el insomnio se cierne sobre mí con una
cruel sonrisa.
Y luego sólo quedan las preguntas.
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