miércoles, 28 de septiembre de 2011

Instrucciones fracasadas para amarrar cordones


(Sí, lo sé. Es un terrible título para esto. Y qué.)


 Gracias a L. que me enseñó cómo desmadejar líos de cordones.





Esa mañana mi ma intentó enseñarme a amarrarme los cordones de los zapatos. Algo así como…

… hace una orejita de ratón, luego otra y ésa pasa por entre la otra…

 Ése había sido mi intento fallido número tres y entonces mi ma suspira, se toma unos minutos de su largo tiempo y me amarra los cordones. De nuevo. Va casi toda una vida de usar zapatos amarrados por mi ma y unos cuantos intentos (contados por mis manitas) de nudos hechos para salir a la calle.

Y nada más fácil que desamarrarlos y andar o correr por toda la casa en medias.

Mis nudos eran desastres que nadie en la casa podía desamarrar y mi ma gritaba en la casa que cómo era posible que yo hiciera esos nudos tan…
Entonces yo siempre iba con el ceño fruncido y un gesto exageradísimo en la boca a la tienda por un par de larguísimos cordones negros o blancos. O por ambos.

A veces mi ma los amarraba y otras el abuelo. Y lo gracioso era que él entre comer zanahorias, decirme cómo amarrar cordones y tomar jugo de naranja nunca dejaba mis zapatos con las dos orejas del ratón que siempre me imaginaba mientras mi ma me amarraba los zapatos.

Tal vez por imaginarme ratones de diferentes colores y tamaños no pude aprender con mi ma a amarrarme los zapatos.
Mucho menos con el abuelo porque me reía en el colegio cómo sus nudos de una sola oreja se deshacían y yo escondía los cordones porque en ese entonces Felipe se reía de los que no sabían amarrarse los zapatos.

Otras veces mi abuela los amarraba pero no decía nada. Tal vez porque sabía que si decía lo mismo que mi ma entonces yo nunca aprendería. Aunque una vez… Pero casi siempre los amarraba después de que el abuelo hacía sus desastres de una sola oreja en mis cordones.


Hasta que un día de ésos en los que no había clases y el cielo estaba azul porque ninguna nube se asomaba aprendí por fin a amarrarme los zapatos.

Había bajado de lo que quedaba del pasamanos y me decidí a aprender a hacer los nudos. Pero era un enredo de flecos negros y dedos, garabatos entre mis manos.
Alguien estaba detrás y tragándome la vergüenza como un vaso de agua le pregunté si podía enseñarme a amarrarme los cordones. Ella se sonrió y se agachó. Yo también me agaché, feliz porque hasta ese momento amarrar zapatos era un misterio tan grande como ese mar de arena en pleno patio. Y la escuché tan absorta que aún recuerdo lo que me dijo.

… mira, haces un nudo, después haces una oreja aquí y con el otro cordón le das una vuelta alrededor, entonces lo pasas por la oreja y ¿ves? Ya tienes amarrados los zapatos. Ahora tú.

Aún me amarro así los zapatos. Después de tantos años. Jajajajaja.

1 comentario:

  1. Las manitas, los cordones, la sonrisa... las imágenes son asombrosamente vívidas. Incluso me puedo imaginar a la Ella que te enseña a amarrarte los zapatos; tiene la cara de una Ella que conozco de hace poco. Tan importante que puede ser algo que parece tan banal.

    Y además no pude dejar de pensar mientras leía esto, que haber perdido mi celular hace dos meses me obligó a aprender a leer el reloj (sí, no sabía). Así o más niña chiquita.
    Un abrazo, Wolfe. Tanta claridad que viene de este post debería irradiarse en ti misma.

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