Pasa sus dedos por su pecho. Una, dos, tres veces. O más. No importa saberlo porque el escozor allí es desesperante. O tal vez todo esté en su mente insomne como aquellas sombras que lo enloquecen en la noche o los ecos que se alejan en la oscuridad aunque lo suficientemente claros como para escucharlos entre la música. Pero tampoco importa saberlo porque en el desespero nadie sabe distinguir lo real de lo imaginario, sólo se desea huir o acabar con lo que sea esté allí de cualquier manera. Y pasa de nuevo sus dedos, golpea su pecho, llora con fuerza, retuerce sus manos y murmura clemencia pero el hormigueo no cesa. Ahora siente que se quema y su brazo duele y arde. Entonces una idea horada sus pensamientos confusos y es tremenda y espeluznante pero quizá sea la maldita solución a la sensación implacable bajo sus dedos. Y es que esa debe ser, apuñalarse repetidamente, su salida porque así lo siente. Tal y como casi lo hace cuando esa misma sensación avanzaba lentamente por su pierna días atrás. Y siguiendo ese recuerdo se pregunta la causa de lo que escalda su pecho y perturba su mente.
No interesa nada. El escozor sigue allí, triunfante y molesto. Pasa sus dedos de nuevo. Sus uñas ya sucias de hacer surcos en la piel. Y aún no puede alcanzar el hormigueo. Está bajo su piel, estará bajo su piel. Entre piel y hueso. Entre vísceras y piel. Aún no logra identificar el lugar exacto. Pero sabe que estará por días, enloqueciéndolo aún más que las sombras que se dejan ver en la tenue luz que viene de la calle y que bailan frente a sus ojos rojos por el cansancio.
Y las horas de insomnio que se acumulan y el miedo a lo que depare la noche corroen lo que de cordura queda en el día. Entonces percibe el escozor allí, suave pero persistente y allí mismo decide, rabioso, acabarlo.
Ahora pasa sus dedos por sus cabellos. Sus ojos fijos en el puñal. Ya no tan dispuesto a hacerlo. Con el corazón golpeando sus costillas.
La locura de todas esas noches vuelve con violencia y dedos lívidos y temblorosos se aferran al mango. Cierra sus ojos al momento que el filo se hunde en la blanda carne. Y le sigue otro golpe y otro con mayor fuerza. Si mirara, contemplaría la sangre que salpica la blanca pared, la que baja por su pecho, el puñal y su mano. Qué importa ya, aunque moribundo y el dolor punzando se estremece de alegría porque qué alivio es no sentir más esa trepidante comezón que sus dedos no pudieron aplacar.
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