Palomas. Siempre he sentido perverso placer al asustarlas, hacer que vuelen lejos de mí para luego volver. Si las personas fueran como palomas…
Estaba en un parque cuyo nombre no quiero recordar, pensando en esa triste soledad que invade cualquier intersticio de mi piel cuando el cielo amenaza con lluvia y asustando palomas y reprimiendo las tremendas ganas de acercarme a cierto lugar, comprar cigarrillos y jugar a la muerte lenta.
Sólo que el cielo no estaba oculto tras nubes grises y la lluvia no llegaba por ninguna parte. El sol quemaba las espaldas de quienes estaban más alejados, de quienes yo me alejaba a propósito. Aún así la soledad de días lluviosos me sofocaba el corazón y bombardeaba mi mente con lánguidos chapoteos de oscuros pensamientos.
¿Dar una oportunidad a quiénes exactamente? ¿Alguna vez se acabarán las pesadillas de las que despierto muy tarde? ¿Se irá la soledad si confío en aquello que personas lejanas me dicen en ecos que no logro escuchar? ¿Por qué no puedo ser? ¿Por qué no me dejarán ser? ¿A qué tengo miedo? ¿Podré irme lejos sin mirar atrás?
Ojalá la lluvia hubiera llegado. Empapándome. Calando hasta lo más profundo y arrastrando consigo el peso de tantas cosas.
Dejándome la ligera alegría de no cargar un mundo.
El tiempo corría raudo. Era casi mediodía. Algunos que pasaban por allí se quedan, otros corrían tratando de alcanzar un tiempo que creen perdido, un tiempo que jamás será suyo. Tal vez sean sólo minutos que tal vez no hagan mucha diferencia aunque… la vida es tan corta que lo más nimio en nosotros hace una gran diferencia.
Llevaba bastante tiempo observando con distante curiosidad –lo más seguro posible para no verme atraída por ideas locas como mezclarme allí- el ambiente que bullía de hilarante cacofonía como sólo en estos lugares del sur puede verse, veía sin sorpresa cómo a la vez quería distanciarme de allí porque esa multitud de personas amenazaba desde lejos con engullirme entre sudor y olores extraños y la ilusión de cardúmenes de peces iguales en un mar-ciudad anónimo.
A veces la soledad pesa más que la culpa, pensaba mientras me acomodaba por enésima vez en el banco para que no me alcanzara ese sol que se filtraba por resquicios de la sombra de un árbol. Pero también esa soledad aleja a idiotas como yo de lo más humano, de lo gregario que rige el mundo ahora –sospecho que quizá siempre ha sido así-, de la ilusión de realidad que muchos creen es la más trascendental, de cosas más importantes que presionar un botón para que la siguiente canción –que se conoce tan bien- suene más fuerte que mil voces indistintas.
No obstante, es mejor así, rehusarse con firmeza a seguir atropelladamente las huellas de otros en la arena, que la realidad que se tiene por propia sea incongruente con otras y con la que estará siempre presente allí, que jamás se sienta una cómoda dejándose llevar por la tentadora marea.
Mejor que una canción y una soledad casi inconmensurable describan la pugna de quien se sienta en un parque a increpar el mundo sutil y silenciosamente el elogio obsceno al apretujarse contra otros en un enjambre desdibujado de caras y cuerpos que jamás se conocerán íntimamente.
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