lunes, 12 de noviembre de 2012



Mi lado cruel se deja entrever cada vez que me hieres. Quisiera que con cada uno de esos largos discursos que imagino y ensayo a cada instante, yo ganara y se perfilara en mi duro rostro una rota sonrisa sarcástica y aún más cruel que mi nauseabundo ser. Cómo me excita imaginar tus lágrimas que florecen débilmente de tus lindos ojos; me imagino a mí misma a tu lado, fascinada por ellas y besándolas, lamiendo su salobridad, lamiendo tu tristeza.

martes, 6 de noviembre de 2012

De lo fortuito




Hoy se me dio por escribir y admitir...

O confesar. Realmente, no lo sé. Suena tan medieval, tan Inquisición que quisiera ser aún más hereje en este mismo instante y no sé cómo. Quizá si elevo mis puños hacia el cielo y grito que mi vida a Satán dedico, quizá así se calmen mis ansias de herejía vana.

Comenzaré.

Hoy he perdido las palabras, tantas solían ser que inundaban mi casa con su algarabía. Las busco entre mis dedos y no las hallo. Rasco mi cabeza y aún menos aparecen.


He perdido el rumbo como todo adolescente, como toda frágil creación posmoderna. Aún busco ese camino entre auroras y falsedades, entre efímeras epifanías y dulces yerros. Pero me pregunto al final del trajín, ¿hubo un momento en el que tuve un rumbo? ¿Por qué esta sensación de pérdida no se acompañará entonces de la nostalgia?

Un dolor indefinido y sordo me carcome. Desde lo más profundo o desde lo más físico. Ya no lo sé. Es una confusión tan grande como albergar sentimientos encontrados. Sólo sé que... que mi masoquismo llega hasta el punto de dejar que el dolor se sienta a gusto tanto en mi cuerpo como en mi alma, que llegue hasta las últimas consecuencias, hasta la parálisis, hasta el terrible anquilosamiento de músculos y pensamientos.

He perdido hasta la dignidad de sentir rabia y dejarla escapar del pecho y la boca de a poquitos y sorbitos. La ira se acumula en oleaje catastrófico y la mirada corta como cuchillo.

Peor es con la tristeza y su familia que se extienden como plaga e incendio por mi cuerpo.Como esos enormes deseos de entrecruzar navajas y venenos y sogas que terminen con el horror frente a mis ojos o esos otros enormes deseos más clandestinos de terminar con mis labios heridos y el cuerpo tiembla que tiembla bajo unas manos exquisitas, bajo un puente, en una esquina, en la noche sin luna.


No soy quien solía ser.

(Ya) No sé qué hacer conmigo.




Dime algo que no sepa ya.



jueves, 27 de septiembre de 2012

Ventana #1: Un cortorrelato*

David sale de su casa, la tristeza embarga su corazón y ceño. Ciñe su abrigo y bufanda mientras el vaho de su aliento escapa de su boca. Pensaba en Mariana. A su vez, la dulce Mariana, sentada en un banco de aquel memorable parque, recuerda aquellos tiempos en los que David aún no se había abandonado a sí mismo en el pasado. A pesar de todo aquel trasegar insufrible de los dos, aún se amaban. A pesar de que ya nada volvería a ser como antes.

David había muerto hacía un año, dicen que fue una sobredosis de noséqué medicamento. Mariana juraba haberlo visto salir de su casa, desde el parque aquel en el que lo esperaba temprano en las mañanas hasta la nostalgia del ocaso con una promesa entre sus manos.




*Publicado también en Facebook por razones desconocidas por mí. Ah, otros dizque ávidos lectores de mis fortuitos escritos que desconocen la existencia de este blog tan mal publicitado por mí misma.

domingo, 16 de septiembre de 2012

Rain Towards Morning


The great light cage has broken up in the air,
freeing, I think, about a million birds
whose wild ascending shadows will not be back,
and all the wires come falling down.
No cage, no frightening birds; the rain
is brightening now. The face is pale
that tried the puzzle of their prison
and solved it with an unexpected kiss,
whose freckled unsuspected hands alit.

Elizabeth BishopPorque se me dio por dejar algo de Elizabeth Bishop por aquí.

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Este es mi escape. Algunas veces en el papel con lápices de distintos colores y tintas, con un teclado y una pantalla, con mis dedos en un vidrio y el polvo. Un escape de tantos sentimientos que en mi pecho se encuentran oprimidos, tanto como un papel u objeto cualquiera en mi puño cerrado por la ira o la indiferencia.

Hoy escapo de ti, quienquiera que seas. Quienesquiera que seas, porque encuentro que tienes varios rostros y muchos pares de zapatos. Tal vez demasiados para mi frágil estado mental.

Eres todos y nadie a la vez que te imagino aquí. ¿Qué sucedió con las miradas furtivas de un yo? ¿Con las sonrisas de otro? ¿Con los recuerdos compartidos de un tú alienado? ¿Con la histeria de uno más? ¿La sensualidad de aquél? ¿El quedarse entre líneas de ella? ¿La irritante convencionalidad de aquélla? ¿Qué hiciste? ¿Qué te hiciste, mi pequeño monstruo? Te has perdido como aquel fantasma de días pasados, en un bus, alejándose como bermellón cuchillo a través de la fría noche en alguna encumbrada ciudad alucinada.

Un breve instante de mutuo reconocimeinto y ¡puf! Desapareces para siempre.

Te echo de menos, tus imaginarias piernas entre las mías, tus brazos y los míos, bocas multicolores juntas. Falsos recuerdos, ficticias nostalgias compartidas.

Eres el viento y el río: en ti me encontré una vez.












miércoles, 25 de abril de 2012

Estoy mas no soy. (Poema abortado, inconcluso, blablabla)

Hace tanto que no escribo esta clase de cosas... La última vez, enloquecí de ira y quemé casi todo lo escrito, el resto se fue a la basura. A donde pertenecen tales "cursilerías", lejos de miradas objetantes de otros mortales que me inculcaron mi actual opinión de la poesía sin rima que escribo.


Soy forastera en mi propio cuerpo.
Estoy mas no soy.
Las ideas extrañas me plagan
al igual que efímeros amores.
Esta vida mía no es más que un simulacro;
sueño bajo mis párpados (¿o sueño bajo la carne?),
sueño entre almendros y malas tardes.
Estoy mas no soy.
Sombra nimia, fantasma vil
que todo lo ve y todo lo calla.
Sola, bajo la tormenta y el insomnio,
ante el cruel espejo,
espero el suicidio de mil formas.


...

lunes, 16 de abril de 2012

De mí para quienquiera que seas

Y si me tocas, me asusto. Y si me miras a los ojos, me espanto. Porque tengo miedo de ti, miedo a que notes lo que sucede bajo mi piel y mi curvada boca cuando piel y piel se encuentran por un breve azar accidental; a que descubras en mis ojos el desasosiego de mis noches y sueños, el ansioso observar de tu figura bamboleante, el ensueño de las tardes que pasan volando entre escenas disparatadas que enlazan dos bocas que jamás debieran ser unidas en un principio.

¿Acaso no te lo he dicho? Oh, es verdad que no puedo. Y si te lo dijera, sé que te enojarías y marcharías no sin antes dirigirme una última mirada de asco. Sólo podría responder al silencio de tu ausencia con un ¿qué habré hecho salvo contener en el corazón el más puro de los sentimientos?

Lo olvidaba, no tiene nada que ver con quién soy ni qué he hecho ni qué tengo en qué, es...

Aunque sé que me hace mal tener tanto en el pecho estando tú tan cerca y tan lejos, preferiría quedarme así. Aquí y allá donde quiera que fueres o me arrastres con un gesto de tus manos y una sonrisa. Pues de alguna manera sospecho, después de tanto pensarlo en todos los lugares y posiciones posibles, que algo sucederá.

Y a esa vana y equívoca esperanza me aferro como... 


Una pausa.

Una maldita pausa para ver pasar tus fotos frente a mí, antes de darme cuenta de la tamaña estupidez que estoy cometiendo.


Recomienzo.


¿Recuerdas todo lo que he dicho y hecho? ¿Las contradicciones y confidencias?  Jamás te hubiera dejado conocer ni un imaginario centímetro de mi otra piel si no estuvieras ya llegando donde a otros y otras les tomó aún más. Cosa que me alarma, ¿será que me es tan fácil dejar que cualquiera entre y salga cuando quiera?
Además, ¿qué puedo decir? Si mi contradictorio comportamiento es sinónimo del deseo de huida y de, a la vez, volver... ¿No recuerdas aquella vez que huí y me perdí entre muchedumbres de colegiales? Claro que no lo recuerdas. Tú estuviste hablando con dios sabrá quién y yo remordiéndome la conciencia todo un día.

A saber que al otro día sólo reíste cuando pedí disculpas.

Ahora sólo me quedan el desconcierto y la impavidez de este capricho para el que no tengo muchas expectativas. Tal vez, sólo tal vez si lo dejo a volandas se vaya tal y como vino. A la maldita nada.

Como despedida algo abrupta, en esta nota olvidada en el último rincón del mundo, olvidada ya por quien escribe te dejo mi malhadado corazón y la certidumbre de un mal sabor de boca si leyeras esto alguna vez improbable.
Aquí esta carta de amor que jamás me atreveré a escribir te dejo. De mí para ti, quienquiera que seas.



jueves, 22 de marzo de 2012

Esas preguntas que aparecen por ahí


Ahora leo porque sí, porque amo tener un libro que desmenuzar entre mis dedos, bajo mi nariz, pensar en frondosos árboles que por él murieron y cientos de historias más pequeñas antes de adentrarme en la prosa o verso de una genial trama.

En ese entonces, en esa querida infancia, leía por mi mamá quien me inició en aquel mágico y solitario ejercicio. Muchas veces de su trabajo en una librería ya extinta, me traía algunos libros de cuentos. Aún recuerdo aquel primer librillo que robó mi corazón: El Principito de Antoine de Saint-Exupéry (tal vez una lectura clásica y cliché pero, ¿a quién no se le derretiría el corazón con este libro?). Y desde ahí quedé prendada de la lectura. Esa que se volvió más compleja con el pasar del tiempo.

Pero más que un enamoramiento es una obsesión. De esas que queman las entrañas. Una obsesión que me ha llevado a la más absoluta soledad en realidades alternas e hiperbólicas que, hasta cierto punto, hacen de esta vida mía algo más soportable.
“Leo porque quiero borrarme del mapa, de la realidad odiosa que me tocó vivir, leo porque soy débil y no soporto estar consciente” Leo porque se me da la gana, Juan Carlos Moya.

Leo también para no sucumbir al desencanto, el rechazo, el acérrimo odio que unos profesan a otros por tantas fútiles razones. Porque leer me ha liberado de tantos prejuicios, lastres que otros padecen, y me ha vuelto irremediablemente humana, menos cínica e indiferente. Y aún más importante para mí y mi circunstancia: porque leer e imaginar –y pensar aquellos mundos contenidos en las palabras me evitan la cobardía de desear
           
        “[…] dos huequecillos minúsculos –en las sienes— por donde se me fugue, en grises podres, la  hartura, todo el fastidio, todo el horror que almaceno en mis odres…” Relato de Sergio Stepansky, León de Greiff.

Recuerdo que no se cultivaba mucho la lectura –la lectura crítica, la que nos lleva a trascender las palabras— ni en primaria ni secundaria (las consabidas y sosas campañas de siempre, más nada). Se “leía” (más exacto sería ojeaba) mas no se leía. Se leían resúmenes de libros por desidia o, como aterrador ejemplo, los malos libros de Paulo Coelho por tratar de interesar a un público ávido de facilismos. Exposiciones de fragmentos de libros clásicos. No obstante aunque se intentara analizar críticamente un texto ya era muy tarde, a nadie interesaba. En ese entonces leía por mi cuenta, algunos profesores de diferentes áreas me confiaban bellísimos libros, buscaba otros en la biblioteca de la casa y otros pocos los compraba. ¡Qué días tan felizmente desperdiciados!

Hoy, repasando los anaqueles de la memoria, siento nostalgia por todos aquellos libros que pasaron por mis manos febriles en las tardes calurosas y somnolientas de esta ciudad en la llanura.

Y leeré hasta el cansancio y la ceguera o la locura. De pie en una esquina, en mi cama, entre la verde hierba de un parque desconocido… no importa el lugar, sólo aquel libro que me acompañe bajo el brazo o apretado contra mi pecho.

Quizá esta tarde –o cualquier otra— recomience la monumental tarea de volver a esas amarillentas y ajadas páginas que tanto me dieron y que tanto amé en mi temprana adolescencia.


martes, 21 de febrero de 2012

Otra respuesta muy casual a otra entrada inesperada

Algunas veces, ya sea en aquellas noches de crónico insomnio o en tardes calurosas me dan ganas de decir, decirte a ti (por más redundante y extraño que parezca), cosas que jamás han salido de mis labios o ideas que revolotean entusiastas en mi cabeza (más esto que lo primero). Y con pueril entusiasmo compongo mensajes en lápiz, con bolígrafos, malísimo verso o mediocre prosa; todos desmenuzándose y enmendándose de esto en aquello a medida que las manecillas cambian.
Pero todos mis intentos se van arrugados de manos y pensamiento. El frenético hechizo de ágiles dedos saltando de tecla en tecla o deslizándose en el lápiz termina en abrupto ceño fruncido. Porque recuerdo que, a pesar de todo, no habrá nadie jamás que intentará cruzar vastas llanuras para llegar hasta aquí y creo que yo tampoco lo haría por nadie. Recuerdo que es ése el sino de los lobos esteparios a menos que…

Es preciso agradecerte por la pequeña nota aunque… aunque creo que es en demasía optimista. Porque no obstante mi pequeño universo interior pugna por salir y dejar todo patas arriba, este maníaco suicida en mí entorpece mis intentos de ser alguien más aparte de él. Porque no estoy para esa clase de luchas conmigo misma.

Sí, conmigo misma. Aquel terrible ser de autodestrucción lleva conmigo lo suficiente como para ser una parte considerable de mí, ésa donde se encuentra la inspiración tras tantas cosas que escribo.

Y el casi constante surcar en mi piel y las repeticiones indefinidas de canciones amadas tal vez, sólo tal vez, sean mis soluciones temporales, más económicas a este problema de abrir mis ojos, despertar ante el mismo cuarteto de paredes y sentirme entre miserias y mentiras mil veces contadas a mí misma porque el más íntimo deseo tras mis ojos es un suicidio que tarda en llegar desde el otro lado del espejo en el que busco algo más por lo que odiarme.

El dejar de lado tal sonrisa leonada que refieres, esa que jamás ha sido mía. Como tantas otras cosas y gentes.




Y a todas estas, ¿por qué sonrisa leonada? Y, ¿crees acaso que Spanish Sahara o 2 Trees me salvarán?

viernes, 10 de febrero de 2012

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Se suponía que esto se llamaría Sueño de enero o algo así. Ya es tarde. Ja.

Era un sueño. Definitivamente un sueño, pero éste andaba a medio paso de la realidad. Entre ésos dos mundos, aquél espacio en el que quisiera quedarme.
Y aunque la realidad y la luz de la mañana arruinaron la mayor parte de su vivacidad, aún veo los impresionantes colores, el dorado de la avalancha de arena, el azul profundo del agua en mis manos, el cielo y sus nubes. El verde de matorrales yendo y viniendo con el viento. Colores y texturas que según otros sólo ven visionarios y sicodélicos.

Algo más había ocurrido antes de que tuviera conciencia de mi propio sueño, porque en ese mismo instante sabía que sería la perfecta historia tras estas palabras. Y sin embargo, se fue como tantas otras de mis ficciones: entre el horrible estruendo aparente de voces a mi alrededor, del transitar de presurosos pies como si ellos, quienesquiera que estuvieran ahí fuera, hubiéranse prometido a sí mismos despertar a otros inconscientemente sabiendo que alguien por ahí estaba teniendo el sueño de su vida.

Ahora, tantas horas después en la soledad de una noche sin estrellas, sólo recuerdo manos en las mías y sonrisas engalanando rojos labios y lugares que no son los míos. Todos tras la lluvia del último sueño y odiosas sombras de personas que se cuelan y entretejen míseras historias y grises rostros en mi historia.

Y como todo sueño que se encuentra tras cortinas de lo mal que se recuerdan por ser los últimos y recuerdos que trato de rememorar y retener en unas cuantas palabras, será mejor dejarlos ir, que vaguen por oscuros recovecos y sólo, muy de vez en cuando, salgan a jugar con mis sentimientos. Porque los bastardos cambian al intentar escribirlos u observarlos desde la lejanía de la nostalgia que de tarde en tarde cala hasta mis huesos como a los viejos en sus sillas todas las tardes.

miércoles, 18 de enero de 2012

Es el último sueño de la noche, tal vez el segundo o tercero del día; del sueño largo que me propuse continuar bajo las cobijas porque nada había allí fuera que me hiciera salir de mi cama tan temprano. Una voz fuerte y familiar estremece la casa y mis hombros. Bajo la piel, mis ojos se vuelven sarcásticamente, es obvio que quien me llama es la razón de miles de últimos sueños desaparecidos a las seis, siete u ocho de la mañana. Cuando es aún temprano para que mi mente funcione.


Para no espantar el último sueño me muevo un poco, lentamente. Primero mis manos, luego la cabeza y el cuerpo da media vuelta hacia la pared. Sonrío, ése no será el último sueño. Vuelvo a la inconsciencia y continúo aquel suave sueño entre bosques y cielos azules.

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Deambulo de aquí a allá sin ocupar mis manos, todos hacen algo y yo… yo sólo estoy allí observando a todos por el rabillo del ojo. Un fantasma inútil. Míralos como encuentran significado en desmenuzar esto, en cortar aquello. Quisiera hacer algo con mis manos y ya es tarde. Me dejo caer en una silla aún fascinada por el grácil caos de lo que será el almuerzo al mediodía.

Esas manos viejas y expertas que tantos recuerdos imprimen y provocan una sonrisa en mi corazón.

Miro el reloj, luego el cielo. Hoy lloverá pero no ahora, esta ciudad en la llanura no acoge muy bien la lluvia en la mañana. Menos cuando se acerca el mediodía.

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Voy por la calle. Cualquier destino está bien para mí en tanto que mis atajos entrañen silencio y no sea posible la casualidad de toparme con alguien. Aquel parque parece bien. Un parque cualquiera presente en mis recuerdos, ya no es lo que solía ser. Tampoco yo soy quien solía ser.

El sol quema, sol de invierno que aguijonea rostros y cuerpos envueltos en inútiles pretensiones. Las nubes ya no están allí y apresuro mis pasos aunque no sepa hacia donde voy. Doy vueltas, cruzo calles, bajo cuestas y subo otras. La gente ya está allí, aglomerándose en las calles y esquinas. Por todas partes.
Por sus frentes baja sudor, sus miradas son de indiferencia o preocupación y sus pasos son frenéticos. ¿Cuándo serán de alegría? ¿Cuándo dejarán de ocultar sus sonrisas cada vez que sus rostros se reflejen en los ojos de otros?

Sólo sé que me asfixio entre apretones y colisiones de hombros y maletas. Quisiera volver sobre mis pasos, volver a la nostalgia de las sinuosas calles. Volver al maldito parque en el que alguna vez me propuse a cambiar por ella, quienquiera que fuese.

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Inhalar, exhalar. Paso la mano por el cabello y lo que queda de aquel libro tan apreciado, en contemplación. Lo leo. No lo leo aún. Vaya dilema. Una sonrisa alcanza mis labios, al otro lado se deja escuchar aquella linda voz que hace desastres en el corazón. Pero, en contra de mis infantiles anhelos, ya los audífonos están cerca de mis oídos; no quiero escucharla más. Quiero olvidar que su voz y su cuerpo evocan un cálido hormigueo bajo mi piel.

Con manos perezosas alcanzo aquella amarillenta masa de hojas y empiezo el placentero viaje por letras ya manidas en un pasado febril.

Ella y su voz han desaparecido. Mi sonrisa también. El libro cae de mis manos. La vista desaparece momentáneamente bajo los párpados. No resisto más la tentación de caer en lo que pronto será un sueño. Tal vez ella esté allí.

Me dejo sumergir, hasta el fondo, en aquel vasto mar de bella oscuridad. Sí, ella está allí.

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Es una noche… como cualquier otra. Excepto por el ruido de una fiesta llena de chiquillos y música barata que rebosa sexo, ésa que sólo conmueve almas simples hambrientas de baile explícito.

Wolfe… Wolfe… Wolfe se fue. Desapareció días atrás justo después de leer esa respuesta tan… Imagino que fue por indignación o vergüenza.
Cómo la extraño, más de lo que quisiera admitir. Aunque sólo fuera un poco de mí aquí, varias personas ficticias por ahí y un sinnúmero de pelirrojos y lobunas maneras más allá.

¿Se habrá ido para siempre? Sólo puedo cruzar los dedos y esperar la sensación de un par de ojos grises fijos en mi nuca.

Un suspiro prolongado acaba el encanto. Enciendo la tele. Oh, hay una maratón de House.

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Empiezan la madrugada y la vigilia del insomnio. Una ligera lluvia allá fuera, una más tormentosa aquí dentro. En el pecho, en mi cabeza. Gota a gota permea mis pensamientos o eso quiero creer mientras sigo con mis dedos pequeñas gotas que trazan líneas sobre el cristal empañado.

Y no dejo de pensar que es tan parecido a lo que hay dentro de mí. Aún más si el agua se cuela por las goteras del techo que sólo se maldicen cuando llueve. Porque sólo recuerdo las goteras del alma cuando la melancolía es esta gentil llovizna.

Es la maldición de las horas lluviosas, ésas en las que una melancolía insospechada reside en mi pecho, intensa, provocativa, afilada como navaja. De las que obligan a ir a casa y ¿cuál casa sería esa? Ya se está en ella.

O eso creo.

En el insomnio, bajo la lluvia que poco a poco se extingue, la angustia y el dolor roen. Me muevo de un lado a otro. De pared a pared. El corazón se acelera. Algo en el pecho escuece y frente a mis ojos pequeñas luces y sombras bailan y se desvanecen. Desearía llorar o gritar y no puedo, no quedan lágrimas y mi voz jamás ha tenido la fuerza suficiente para dejar escapar un grito entre mis labios.

Y con una pequeña cuchilla, la mano rabiosa traza caminos en mi piel.