viernes, 10 de febrero de 2012

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Se suponía que esto se llamaría Sueño de enero o algo así. Ya es tarde. Ja.

Era un sueño. Definitivamente un sueño, pero éste andaba a medio paso de la realidad. Entre ésos dos mundos, aquél espacio en el que quisiera quedarme.
Y aunque la realidad y la luz de la mañana arruinaron la mayor parte de su vivacidad, aún veo los impresionantes colores, el dorado de la avalancha de arena, el azul profundo del agua en mis manos, el cielo y sus nubes. El verde de matorrales yendo y viniendo con el viento. Colores y texturas que según otros sólo ven visionarios y sicodélicos.

Algo más había ocurrido antes de que tuviera conciencia de mi propio sueño, porque en ese mismo instante sabía que sería la perfecta historia tras estas palabras. Y sin embargo, se fue como tantas otras de mis ficciones: entre el horrible estruendo aparente de voces a mi alrededor, del transitar de presurosos pies como si ellos, quienesquiera que estuvieran ahí fuera, hubiéranse prometido a sí mismos despertar a otros inconscientemente sabiendo que alguien por ahí estaba teniendo el sueño de su vida.

Ahora, tantas horas después en la soledad de una noche sin estrellas, sólo recuerdo manos en las mías y sonrisas engalanando rojos labios y lugares que no son los míos. Todos tras la lluvia del último sueño y odiosas sombras de personas que se cuelan y entretejen míseras historias y grises rostros en mi historia.

Y como todo sueño que se encuentra tras cortinas de lo mal que se recuerdan por ser los últimos y recuerdos que trato de rememorar y retener en unas cuantas palabras, será mejor dejarlos ir, que vaguen por oscuros recovecos y sólo, muy de vez en cuando, salgan a jugar con mis sentimientos. Porque los bastardos cambian al intentar escribirlos u observarlos desde la lejanía de la nostalgia que de tarde en tarde cala hasta mis huesos como a los viejos en sus sillas todas las tardes.

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