Se suponía que esto se llamaría Sueño de enero o algo así. Ya es tarde. Ja.
Era un sueño. Definitivamente un sueño, pero éste
andaba a medio paso de la realidad. Entre ésos dos mundos, aquél espacio en el
que quisiera quedarme.
Y aunque la realidad y la luz de la mañana arruinaron la mayor parte de
su vivacidad, aún veo los impresionantes colores, el dorado de la avalancha de
arena, el azul profundo del agua en mis manos, el cielo y sus nubes. El verde
de matorrales yendo y viniendo con el viento. Colores y texturas que según
otros sólo ven visionarios y sicodélicos.
Algo más había ocurrido antes de que tuviera conciencia de mi propio
sueño, porque en ese mismo instante sabía que sería la perfecta historia tras
estas palabras. Y sin embargo, se fue como tantas otras de mis ficciones: entre
el horrible estruendo aparente de voces a mi alrededor, del transitar de
presurosos pies como si ellos, quienesquiera que estuvieran ahí fuera,
hubiéranse prometido a sí mismos despertar a otros inconscientemente sabiendo
que alguien por ahí estaba teniendo el sueño de su vida.
Ahora, tantas horas después en la soledad de una noche sin estrellas,
sólo recuerdo manos en las mías y sonrisas engalanando rojos labios y lugares
que no son los míos. Todos tras la lluvia del último sueño y odiosas sombras de
personas que se cuelan y entretejen míseras historias y grises rostros en mi
historia.
Y como todo sueño que se encuentra tras cortinas de lo mal que se
recuerdan por ser los últimos y recuerdos que trato de rememorar y retener en
unas cuantas palabras, será mejor dejarlos ir, que vaguen por oscuros recovecos
y sólo, muy de vez en cuando, salgan a jugar con mis sentimientos. Porque los
bastardos cambian al intentar escribirlos u observarlos desde la lejanía de la
nostalgia que de tarde en tarde cala hasta mis huesos como a los viejos en sus
sillas todas las tardes.
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