sábado, 25 de junio de 2011

Y pienso tan a menudo en saltar tanto como sueño con un dios de pelos necios y barba negra que canta con voz suave seguido de otros cuatro en instrumentos y voces en el fondo que crean magia en colores cinematográficos. Así como pienso que me perdí en alguna parte, al punto que palabras que solía apreciar y personas que constantemente giran a mi alrededor se desvanecen en la irrealidad. Sólo quisiera reírme de todos ellos, sus dedos ya no despiertan nada en mí.

Esos recuerdos estúpidos no volverán, esos imbéciles que quieren enloquecerme con sus traiciones tras esas sonrisas atoradas... jamás han sospechado que subrepticiamente, bajo la superficie de esta glacial fachada, aún sobreviven, como gusanos en un cadáver, planes perversos de desaparición. 

Porque toda una vida de atropellos, cuerpos presentes y almas ausentes, llamadas ignoradas y miradas aún más extrañas que la mía obligan a maquinar venganzas en las que se observa desde arriba (oh, maligna satisfacción) como se es quien se deja a los otros atrás, abajo, dando vueltas como perros que persiguen sus colas sin saberlo. Sin dejar rastro o explicaciones o escribiendo explicaciones apresuradas que agujereen sus almas y oculten tantas otras razones.
Por primera vez en mucho tiempo el último sueño de la fría mañana no es ni él ni ella ni otros imposibles pero es aún más desconcertante porque ojos desconocidos se dirigían a mí con un dolor infinito en ellos. Y mis manos se enredan en su espalda y su cabeza se oculta en mi hombro y el olor de la lluvia y de perfumes llega hasta mi pecho y mi nuca se humedece. Ella llora y no sé por qué.

Trato de mirarla y allí está presente esa mirada que me perturba, que me dice que algo debería estar sucediendo en este momento. Cierro mis ojos por lo que parece una eternidad y un suspiro escapa. Algo oprime mi boca suavemente y dedos fríos describen afectos insospechados en mi piel.

Y es lo único que recuerdo porque el frío ahuyenta sueños. ¡Ja!

jueves, 23 de junio de 2011

La mirada se pierde en la distancia, hacia el horizonte. Siempre hacia el horizonte, allí siempre es más fácil pensar en quienes se deja atrás y en otros recuerdos y si se dejó todo tal como se quería y si las razones escritas ocultan las heridas que nadie sabe. Porque esta vez no habría cabos sueltos. Esta vez lo haría mejor porque no creía que pudiera resistir otra caída.

Aunque… toda esa palabrería sobre sus recuerdos y los que atrás se quedan no son sus pensamientos. Antes siente placer perverso al saber que deja atrás a todos esos gañanes que pretendían ser algo, por una vez sería quien los dejaría atrás, el resto no importaba. Y sus recuerdos, ¡bah!, rememorar cursilerías es de viejos y nostálgicos…

Tal vez el dolor sordo y afilado como navaja que reside en su pecho… tal vez el temor ya algo vago de no haber dispuesto las cosas como quería… sí, tal vez sean las únicas cosas que estén allí.

Porque tiempo ha que aquella parte sensiblera sucumbió en el fango de su alma poluta. O eso es lo que prefiere creer cuando algo que no debería estar allí se agolpa en su garganta.

Arde. El cigarrillo entre sus dedos se acaba y lo dirige hacia sus labios para una última bocanada antes de mirar hacia abajo. Al precipicio que pronto detendrá cuerpo y sangre. Entonces da un paso adelante, más cerca de la caída y sonríe. Sí, por una vez seré yo quién los deje atrás, quisiera que en sus pobres mentes me vieran reírme de ellos.

Entre sus cabellos el viento ruge, el frío se asienta en su cara. Las rocas de más abajo se ven aún más espeluznantes que antes pero nada de consideraciones, no ahora que nadie está allí.

Y retrocede un poco para coger impulso. Y cuando cae y el aire roza sus mejillas siente que debería tratar de extender sus manos o pies hacia algún resquicio, una roca que detenga su caída porque esto no es un sueño y no despertará jamás de un salto en su cama. Pero no importa, se siente... genial. Como un vuelo prolongado aún más cuando sus ojos se cierran para no ver cómo se acerca...

Y allí yace con esta... especie de sonrisa que se entremezcla con alivio. Los altos hierbajos entre las rocas rozando su cuerpo tiñéndose de rojo. 

miércoles, 22 de junio de 2011

Pasa sus dedos por su pecho. Una, dos, tres veces. O más. No importa saberlo porque el escozor allí es desesperante. O tal vez todo esté en su mente insomne como aquellas sombras que lo enloquecen en la noche o los ecos que se alejan en la oscuridad aunque lo suficientemente claros como para escucharlos entre la música. Pero tampoco importa saberlo porque en el desespero nadie sabe distinguir lo real de lo imaginario, sólo se desea huir o acabar con lo que sea esté allí de cualquier manera. Y pasa de nuevo sus dedos, golpea su pecho, llora con fuerza, retuerce sus manos y murmura clemencia pero el hormigueo no cesa. Ahora siente que se quema y su brazo duele y arde. Entonces una idea horada sus pensamientos confusos y es tremenda y espeluznante pero quizá sea la maldita solución a la sensación implacable bajo sus dedos. Y es que esa debe ser, apuñalarse repetidamente, su salida porque así lo siente. Tal y como casi lo hace cuando esa misma sensación avanzaba lentamente por su pierna días atrás. Y siguiendo ese recuerdo se pregunta la causa de lo que escalda su pecho y perturba su mente.

No interesa nada. El escozor sigue allí, triunfante y molesto. Pasa sus dedos de nuevo. Sus uñas ya sucias de hacer surcos en la piel. Y aún no puede alcanzar el hormigueo. Está bajo su piel, estará bajo su piel. Entre piel y hueso. Entre vísceras y piel. Aún no logra identificar el lugar exacto. Pero sabe que estará por días, enloqueciéndolo aún más que las sombras que se dejan ver en la tenue luz que viene de la calle y que bailan frente a sus ojos rojos por el cansancio.

Y las horas de insomnio que se acumulan y el miedo a lo que depare la noche corroen lo que de cordura queda en el día. Entonces percibe el escozor allí, suave pero persistente y allí mismo decide, rabioso, acabarlo.
Ahora pasa sus dedos por sus cabellos. Sus ojos fijos en el puñal. Ya no tan dispuesto a hacerlo. Con el corazón golpeando sus costillas.

La locura de todas esas noches vuelve con violencia y dedos lívidos y temblorosos se aferran al mango. Cierra sus ojos al momento que el filo se hunde en la blanda carne. Y le sigue otro golpe y otro con mayor fuerza. Si mirara, contemplaría la sangre que salpica la blanca pared, la que baja por su pecho, el puñal y su mano. Qué importa ya, aunque moribundo y el dolor punzando se estremece de alegría porque qué alivio es no sentir más esa trepidante comezón que sus dedos no pudieron aplacar.