domingo, 30 de octubre de 2011

Cuando se renuncia a lo complejo o se rebela contra ello, todo se simplifica. Gustos, pensamientos, sentimientos, sentido de lo bello, felicidad, etc. Como todo ya es simple y la mayoría tiende a buscar lo simple he ahí por qué se puede tener más momentos felices que cuando se vive entre lo complejo.


Ahora. ¿Habré yo escrito eso? Si fue así fue uno de esos extraños momentos en los que la falsedad de mis delirios se disfrazan de epifanías y salen a poblar calles y malos pensamientos. Si no lo escribí yo tal vez fue Wolfe o mis dedos que teclean incesantemente copiaron y pegaron esto de alguna parte. De todas maneras, maldita la memoria.

martes, 25 de octubre de 2011

Sin Título # 3


¡Oh, mira! Mira quién va allí. ¿La ves? Va con prisa, al otro lado de la calle. ¿Crees saber a dónde va? ¿Quieres seguirla? Yo sé a dónde va y no, yo no quiero seguirla como tú.

Algo en ella me dice que va hacia donde yo quiero ir, por eso la sigo.

No la pierdas de vista.

Se escurre entre puertas de cristal de aquel edificio en la esquina. Sube las escaleras con premura. Un escalón tras otro con nerviosismo y parece contarlos. Entre sus manos retuerce mil veces un papel. ¿Por qué subirá hasta este piso? Toda ella desentona aquí.

¿Ves su triste mirada y esa sonrisa? Ahora sabes qué hace aquí, ¿no? No, vete. Yo haré lo heroico para que después tú, maldito cobarde, te lleves todo como siempre lo haces.


Allí está ella. Engalanada como la noche, sus cabellos se mueven con el frío viento de octubre. Trata en vano de subir la horrible baranda de concreto. Mis manos alcanzan su cintura, se estremece. No, no estoy aquí para eso. Quiero ayudarte. Porque también yo quiero ir allí, contigo o sin ti da lo mismo pero tal vez tú sí quieras compañía.

Una sonrisa ilumina su boca. Baja por un momento, ha olvidado quitarse sus zapatos.
Miramos abajo entre colores sucios, mugre y muchedumbre; luego hacia el horizonte, la vasta prolongación de una ciudad que extiende sus tentáculos buscando ingenuos en las afueras. Por último al cielo, el que hiere nuestros ojos con sus azules y blancos.


Uno al lado del otro, parados sobre la baranda, tomo su mano en la mía. Deja deslizar el lánguido papel en mi mano. Te quiero aquí conmigo. Dos últimas sonrisas embellecen nuestra tragedia en el aire. Somos dos aves, tristes aves de mal agüero, volando hacia el infinito.





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Nope. Esta no es respuesta a una entrada. Se suponía que ella era una suicida frustrada. Menos que eso, farsante. De esos que quieren morir lanzándose desde un tercer o cuarto piso o segundo piso o tomando veneno para ratas a la vista de todos. Simuladores que quieren llamar la atención sobre sus insignificantes problemas aumentados por personalidades aún más narcisistas que la mía. Y quien narra esto se suponía que sólo estaba entre los demás que contemplaban (o simulaban contemplar como él o ella) horrorizados a una muchachita que quería suicidarse, criticando cáusticamente a los impostores.

Se suponía que ella y su pobre intento eran la excusa para ser implacable con los imbéciles que se ven en las noticias, sentados o parados en el balcón de un segundo/tercer/cuarto/etc piso  que ni siquiera saltaron y se rinden fácilmente. ¿Esperaban que otros notaran su existencia?

domingo, 23 de octubre de 2011

Relato de Sergio Stepansky - León de Greiff

Juego mi vida, cambio mi vida.
De todos modos
la llevo perdida...
Y la juego o la cambio por el más infantil espejismo,
La dono en usufructo, o la regalo...

La juego contra uno o contra todos,
la juego contra el cero o contra el infinito,
la juego en una alcoba, en el ágora, en un garito,
en una encrucijada, en una barricada, en un motín;
la juego definitivamente, desde el principio hasta el fin,
a todo lo ancho y a todo lo hondo
-en la periferia, en el medio,
y en el subfondo... -

Juego mi vida, cambio mi vida,
la llevo perdida
sin remedio.

Y la juego, -o la cambio por el más infantil espejismo,
la dono en usufructo, o la regalo... :
o la trueco por una sonrisa y cuatro besos:
todo, todo me dá lo mismo:
lo eximio y lo ruin, lo trivial, lo perfecto, lo malo...

Todo, todo me dá lo mismo:
todo me cabe el diminuto, hórrido abismo
donde se anudan serpentinos mis sesos.

Cambio mi vida por lámparas viejas
o por los dados con los que se jugó la túnica inconsútil:
-por lo más anodino, por lo más obvio, por lo más fútil:
por los colgajos que se guinda en las orejas
la simiesca mulata,
la terracota rubia,
la pálida morena, la amarilla oriental, o la hiperbórea rubia:
cambio mi vida por un anilo de hojalata
o por la espada de Sigmundo,
o por el mundo
que tenía en los dedos Carlomagno: - para echar a rodar la bola...

Cambio mi vida por la cándida aureola
del idiota o del santo;
la cambio por el collar que le pintaron al gordo Capeto;
o por la rígida ducha que le llovió en la nuca
a Carlos de Inglaterra;
la cambio por un romance, la cambio por un soneto;
por once gatos de Angora,
por una copla, por una saeta,
por un cantar;
por una baraja incompleta;
por una faca, por una pipa, por una sambuca...

o por ésa muñeca que llora
como cualquier poeta.

Cambio mi vida al fiado – por una fábrica de crepúsculos
(con arreboles);
por un gorila de Borneo;
por dos panteras de Sumatra;
por la perlas que se bebió la cetrina Cleopatra-
o por su naricilla que está en algún Museo;
cambio mi vida por lámparas viejas,
o por la escala de Jacob, o por su plato de lentejas...

¡o por dos huequecillos minúsculos
-en las sienes-
por donde se me fugue, en griseas podres,
toda la hartura, todo el fastidio, todo el horror que almaceno en mis
odres...!

Juego mi vida, cambio mi vida.
De todos modos
la llevo perdida...

lunes, 10 de octubre de 2011

Inmóvil. La mirada perdida en un punto cualquiera en aquel único horizonte disponible en el espacio reducido bajo una puerta. Un gato blanco atraviesa la calle, se oculta entre sombras que han sido mi sueño por mucho tiempo. Un ligero soplo roza mis mejillas pero tal vez la hoja muerta y marrón frente a mí sienta más la caricia que yo. Yo que ni siquiera he podido lograr que mis dedos se extiendan un poco más y alcancen algo imposible ni que termine en un olvido senil aquella cruel tiranía de mi triste pecho herido sobre el resto de mi cuerpo.

Un suspiro rompe el silencio. Un poco de aire exhalado entre labios agrietados. Una última palabra. Un suspiro cansado de un alma infinitamente exhausta.

Mi mente va y viene de aquí a más allá, continuos apagones hacia... ¿Es un océano? ¿Es ruido blanco? Una vuelta más al reloj y ya estaré allí, otro estirón de mis dedos y aquella hoja marrón crujirá entre ellos como mi vida en aquella primera expresión de dolor en mi rostro cuando la hoja metálica se hundía frenética en mis muñecas clamando sangre. Sangre que ahora se seca en el suelo.

Cierro los ojos, mis párpados pesan tanto que no lo soporto y la caída es inevitable. Un splash en la oscuridad detrás de mis párpados, el océano infinito que siempre he querido penetrar. Y con una sonrisa algo inacabada en mi cuerpo y otra en el alma estiro mis brazos y me disuelvo suavemente en más allá.


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En ésta no sé quién muere. En serio. Ni siquiera fue influenciada por el suicida en mí. ¿Será Wolfie? ¿La niña sin nombre?

domingo, 2 de octubre de 2011

Conversación sobre nada # 1

 Después de una conversación sobre nada entre humo y risas, J y M hablan de los hombrecitos grises... o verdes... o lo que sea.

J: ¿Crees en extraterrestres?

M: Jajajajajajajajajajajjaa... Sería tonto no creerlo.

J: ¿Y en los ovnis y todo ese lío de que nos "secuestran" para experimentar y más bla bla bla?

M: Ovnis los hay, J. ¿No que son objetos voladores no identificados? Aunque eso de que todos/algunos/muchos son extraterrestres no me convence.

J: ¿y lo de las abducciones?

M: Hmmmm... piensa en una leona, está descansando bajo la sombra de un árbol. Está sola. De repente, a lo lejos, ve algo acercarse. Es algo que jamás ha visto. Para. Unas criaturas que jamás ha visto saltan, caminan en dos patas, parecen haberla visto. Todo se vuelve borroso en unos minutos. Las criaturas se la llevan. La revisan por todas partes. Le ponen algo alrededor del cuello y la oreja. ¿Y sabes qué? Está consciente pero no puede moverse. ¿Qué pensará la leona de nosotros cuando despierte?

J: ¿Qué?

M:  Que somos los extraterrestres que la abdujeron para experimentar y reproducirnos con ella. O que tuvo el sueño húmedo más terrible y extraño en su vida.

J: ¿Y todo eso qué tiene que ver, carajo?

M: Que deberíamos dejar de pensar en si los extraterrestres vienen aquí. Sólo en su existencia y en no revelarnos mucho. ¿A qué vendrían? ¿Has intentado hablarles a las hormigas? No, tú y yo las aplastaríamos. A eso vendrían.

J: A veces me molesta hablar contigo cuando estás en las nubes. En serio.