(Sí, lo sé. Es un terrible título para esto. Y qué.)
Gracias
a L. que me enseñó cómo desmadejar líos de cordones.
Esa mañana mi ma intentó enseñarme a
amarrarme los cordones de los zapatos. Algo así como…
… hace una orejita de ratón, luego otra y ésa
pasa por entre la otra…
Ése había sido mi intento fallido número
tres y entonces mi ma suspira, se toma unos minutos de su largo tiempo y me
amarra los cordones. De nuevo. Va casi toda una vida de usar zapatos amarrados
por mi ma y unos cuantos intentos (contados por mis manitas) de nudos hechos
para salir a la calle.
Y nada más fácil que desamarrarlos y andar
o correr por toda la casa en medias.
Mis nudos eran desastres que nadie en la
casa podía desamarrar y mi ma gritaba en la casa que cómo era posible que yo
hiciera esos nudos tan…
Entonces yo siempre iba con el ceño
fruncido y un gesto exageradísimo en la boca a la tienda por un par de
larguísimos cordones negros o blancos. O por ambos.
A veces mi ma los amarraba y otras el
abuelo. Y lo gracioso era que él entre comer zanahorias, decirme
cómo amarrar cordones y tomar jugo de naranja nunca dejaba mis zapatos con las
dos orejas del ratón que siempre me imaginaba mientras mi ma me amarraba los
zapatos.
Tal vez por imaginarme ratones de
diferentes colores y tamaños no pude aprender con mi ma a amarrarme los
zapatos.
Mucho menos con el abuelo porque me reía en
el colegio cómo sus nudos de una sola oreja se deshacían y yo escondía los
cordones porque en ese entonces Felipe se reía de los que no sabían amarrarse
los zapatos.
Otras veces mi abuela los amarraba pero no
decía nada. Tal vez porque sabía que si decía lo mismo que mi ma entonces yo
nunca aprendería. Aunque una vez… Pero casi siempre los amarraba después de que
el abuelo hacía sus desastres de una sola oreja en mis cordones.
Hasta que un día de ésos en los que no
había clases y el cielo estaba azul porque ninguna nube se asomaba aprendí por
fin a amarrarme los zapatos.
Había bajado de lo que quedaba del
pasamanos y me decidí a aprender a hacer los nudos. Pero era un enredo de
flecos negros y dedos, garabatos entre mis manos.
Alguien estaba detrás y tragándome la
vergüenza como un vaso de agua le pregunté si podía enseñarme a amarrarme los
cordones. Ella se sonrió y se agachó. Yo también me agaché, feliz porque hasta
ese momento amarrar zapatos era un misterio tan grande como ese mar de arena en
pleno patio. Y la escuché tan absorta que aún recuerdo lo que me dijo.
… mira, haces un nudo, después haces una
oreja aquí y con el otro cordón le das una vuelta alrededor, entonces lo pasas
por la oreja y ¿ves? Ya tienes amarrados los zapatos. Ahora tú.
Aún me amarro así los zapatos. Después de
tantos años. Jajajajaja.