"Once años de abandono no se desvanecen de la noche a la mañana, madre".
"Un abrazo y un te quiero efusivos en cada encuentro no compensan una vida de despojo, madre".
"¿Por qué? ¿Por qué ese maldito silencio incólume ante mis palabras, mis lágrimas?"
"Sospecho de usted. ¿Es verdad lo que me dice o son la lástima y la culpa las que hablan por usted?"
"Usted jamás podrá comprender el alcance de mi rencor hacia usted, madre. Jamás. Jamás".
"Aquí y ahora le digo que muchas veces decidí volver al lugar de mis pesadillas por afecto. Arriesgué mi vida, arriesgué mi cordura y sobriedad por usted. Sólo usted".
"Comprenda, por favor, cuán difícil para mí es salvar el gran abismo entre nosotras, ese espantoso miasma en el que una bestia acecha, y tender mi mano hacia usted. Confiar en usted. Abrir mi vida a usted. Comprenda. Por favor, por favor".
Todos son pensamientos que consumen mis días y desatan mil infiernos. Oraciones cual dagas que horadan el corazón de sus buenas intenciones, la madre a quien quiero enterrar en mis recuerdos. Frases inconfesables que se agolpan tras mis amígdalas, frases que sólo puedo susurrar al viento y a los árboles inmóviles con la esperanza de que alguna vez lleguen a su destino.
Sólo en visceral rechazo pueden manifestarse.
Lo siento, madre. Lo siento por la culpa que en mi mente enferma recae en usted. Lo siento por la distancia puesta entre usted y yo. Lo siento por el rechazo que toma mil formas. Lo siento por el silencio entrecortado y la ira que viste a mis palabras. Lo siento, lo siento, lo siento. Mil veces lo siento.
Pero, usted sabe tan bien como yo que una conversación sostenida una década atrás, que ciertas decisiones tomadas nos hubieran ahorrado respirar el enrarecido aire de las vidas que ahora llevamos tan lejos una de la otra.
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