sábado, 15 de marzo de 2014

Sueño. 

Sueño paisajes y gentes variopintas. Sueño lo imposible y lo factible. Sueño que las estrellas están más cerca y que el brillo metálico de una luna se proyecta en una pequeña vida sin porvenir.

Sueño y casi siempre recuerdo mis sueños y con particular destreza aquellos sueños que dejan una inquietante impresión en mi jadeante pecho, en mis retinas.


Últimamente me siento como una pequeña enclaustrada en su cuarto oscuro, temiendo por los monstruos bajo su cama o los que se asoman a su ventana en noches sin luna. Mis sueños rozan lo extraño: monstruos (alados, de mil ojos coloridos, de opacas y duras pieles, reptiles, rapaces, con colmillos que rezuman) que plagan, amenazantes y lejanos, mis sueños siempre en recovecos; me persiguen y no les temo a la vez que huyo y me oculto tras las paredes de algún edificio informe. 

Mas luego de un tiempo, luego de correr pretendiendo salvar la vida sin mirar atrás, me doy cuenta de que ya no soy la víctima que huye. Mis manos son largas y oscuras garras, mi piel una horrible llaga y de mis pensamientos pende el ansia de sentir bajo garras y largos colmillos la tierna piel, el corazón desbocado, la fragante sangre de mi fortuita víctima.

Despierto.

Despierto jadeando y una extraña sensación se agolpa en mi pecho. Es la culpa que me advierte, me amonesta por mi incipiente oscuridad.




Pero, ¿qué clase de monstruo seré a la luz del sol?



No hay comentarios.:

Publicar un comentario