Y si me tocas, me asusto. Y si me miras a los ojos, me espanto. Porque tengo miedo de ti, miedo a que notes lo que sucede bajo mi piel y mi curvada boca cuando piel y piel se encuentran por un breve azar accidental; a que descubras en mis ojos el desasosiego de mis noches y sueños, el ansioso observar de tu figura bamboleante, el ensueño de las tardes que pasan volando entre escenas disparatadas que enlazan dos bocas que jamás debieran ser unidas en un principio.
¿Acaso no te lo he dicho? Oh, es verdad que no puedo. Y si te lo dijera, sé que te enojarías y marcharías no sin antes dirigirme una última mirada de asco. Sólo podría responder al silencio de tu ausencia con un ¿qué habré hecho salvo contener en el corazón el más puro de los sentimientos?
Lo olvidaba, no tiene nada que ver con quién soy ni qué he hecho ni qué tengo en qué, es...
Aunque sé que me hace mal tener tanto en el pecho estando tú tan cerca y tan lejos, preferiría quedarme así. Aquí y allá donde quiera que fueres o me arrastres con un gesto de tus manos y una sonrisa. Pues de alguna manera sospecho, después de tanto pensarlo en todos los lugares y posiciones posibles, que algo sucederá.
Y a esa vana y equívoca esperanza me aferro como...
Una pausa.
Una maldita pausa para ver pasar tus fotos frente a mí, antes de darme cuenta de la tamaña estupidez que estoy cometiendo.
Recomienzo.
¿Recuerdas todo lo que he dicho y hecho? ¿Las contradicciones y confidencias? Jamás te hubiera dejado conocer ni un imaginario centímetro de mi otra piel si no estuvieras ya llegando donde a otros y otras les tomó aún más. Cosa que me alarma, ¿será que me es tan fácil dejar que cualquiera entre y salga cuando quiera?
Además, ¿qué puedo decir? Si mi contradictorio comportamiento es sinónimo del deseo de huida y de, a la vez, volver... ¿No recuerdas aquella vez que huí y me perdí entre muchedumbres de colegiales? Claro que no lo recuerdas. Tú estuviste hablando con dios sabrá quién y yo remordiéndome la conciencia todo un día.
A saber que al otro día sólo reíste cuando pedí disculpas.
Ahora sólo me quedan el desconcierto y la impavidez de este capricho para el que no tengo muchas expectativas. Tal vez, sólo tal vez si lo dejo a volandas se vaya tal y como vino. A la maldita nada.
Como despedida algo abrupta, en esta nota olvidada en el último rincón del mundo, olvidada ya por quien escribe te dejo mi malhadado corazón y la certidumbre de
un mal sabor de boca si leyeras esto alguna vez improbable.
Aquí esta carta de amor que jamás me atreveré a escribir te
dejo. De mí para ti, quienquiera que seas.