Piensas que éste será el último paso en la nieve. Sería un alivio pero el miedo cierra tu garganta, miedo de no ver de nuevo a quienes te esperan más allá de la montaña y aún así esperas, maldiciente con cada movimiento tortuoso y agarrotado, caer inconsciente y jamás despertar.
Entonces caes y crees que ya no tienes cuerpo, que eres mente y alma y un pozo de sangre en la boca. Te das cuenta de que esa es la muerte crepitando lentamente, entumeciéndote por completo y te imaginas más blanco que toda aquella nieve que te rodea y que ha caído en tus cabellos.
Cierras los ojos porque la nieve que cae nuevamente empieza a pesarte en las pestañas y anhelas imaginar la sonrisa de aquel niño pelinegro que en tus recuerdos te abraza con ojos dulces pero luego de un rato sus ojos son implacables, su sonrisa se ha ido y su boca llena de nieve, silencioso testimonio de lo muerto que está. Toses hasta casi dar arcadas y sientes la sangre caliente volviendo a tu boca, quisieras escupirla pero se derramaría por tu mejilla y te repugna más esa idea que tragarla.
Entras y sales del sueño varias veces. Nada es real a tu alrededor y la horrible sensación de que te hundes y te desvaneces con el hálito frío que baja de la maldita montaña te agarra por el cuello. Y sueñas que eres roca, en otro alcanzas a quienes te esperan pero ellos no te ven y sólo sus caras entristecidas vueltas hacia la montaña te dicen que estás muerto y en el último que recuerdas, el canto de una mujer en la lejanía te arrullaba como niño pequeño.
Te ves a ti mismo destrozado, abatido y sin esperanzas, llamando en silencio a quienquiera esté por allí. Más muerto que vivo. Y lloras o al menos un par de lágrimas que logran salir para luego morir heladas bajo tus ojos, aquellos ojos que por primera vez en días diriges al sol –o al cielo o a lo que sea- en una muda súplica. No importa que te ciegue, que sea el último escupitajo nauseabundo de sangre en la nieve y te preguntas por enésima vez, antes de cerrar los ojos, si ya estás muerto.
Y si hubieras creído que tu alma sobreviviría a tu muerte, hubieras agradecido morir tal vez inconsciente, tal vez soñando con aquel canto de mujer que te arrullaba confundiéndose con el niño de ojos duros y negros como agujeros riéndose aunque su boca estuviera llena de nieve porque aunque querías, jamás hubieras soportado morir despierto, cada intersticio, cada miembro, cada centímetro de tu piel haciéndose tan frío como la suave capa de nieve que te hace invisible a los ojos de otros.