Con música de Sigur Rós.
Miraba inquieta a ambos lados de la carretera esperando que llegara ella. Tamborileaba mis dedos en la pared o mis brazos en un gesto de ansiedad que se confundía con el ritmo de la música que entraba en mis oídos. Ojalá fumara porque en ese instante una o dos bocanadas hubieran sido suficientes para calmarme. Sabía por alguna razón que hoy llegaría temprano y me sorprendió saber que estaba en lo cierto. Sentí que todo debería detenerse, que el tiempo dejara de correr raudo y que sólo quedara la canción que me ensordecía lentamente y recorría mi cuerpo mientras ella caminaba hasta la verja bajo el sol apabullante del miércoles.
La vi desde el reflejo de una ventana, era menos real, salía de un sueño, de entre oscuras aguas vítreas como un náufrago, era más mía de lo que nunca lo será. Inmóvil. De brazos cruzados. Casi impaciente. De vez en cuando arreglaba un flequillo de cabello tras sus orejas con cierto aire tímido, maniobrando en el aire una de sus manos mientras su otro brazo permanecía inflexible contra su pecho. Ardiendo bajo el sol infernal. Sus labios más rojos de lo usual eran lo único que podía entrever de su cara porque tan lejos estaban ella y esa maldita ventana que preferí dirigir mis ojos hacia la ventana sin verla realmente.
Me preguntaba una y otra vez por qué no se acercaba a la sombra, si no quería estar cerca de los que cuentan malos chistes y de los que se ríen, si quería desentenderse de la proximidad de otros, si en realidad sólo esperaba impaciente a que abrieran la verja. Y el desasosiego empeoraba con la última suposición porque la hacía más distante y fría; un nudo se asentaba en mis entrañas, el alma se escondía en lo más profundo y la sensación de que algo caía en picada era más fuerte con cada pestañeo.
A pesar de mi pesimismo de último minuto fue una feliz coincidencia que durante todo ese rato “Fyrsta”, “Samskeyti” y “Njósnavélin” sonaran como dulces murmullos de corrientes de agua y miles de caricias en el corazón. Una feliz coincidencia porque ahora mis canciones de Sigur Rós son ella y sus labios rojos, su cabello lacio y claro, sus manos blancas, la manera singular en la que curva sus labios en una sonrisa, su voz que puede confundirse en varios acordes de distintas canciones.