domingo, 27 de febrero de 2011

Con música de Sigur Rós.

Miraba inquieta a ambos lados de la carretera esperando que llegara ella. Tamborileaba mis dedos en la pared o mis brazos en un gesto de ansiedad que se confundía con el ritmo de la música que entraba en mis oídos. Ojalá fumara porque en ese instante una o dos bocanadas hubieran sido suficientes para calmarme. Sabía por alguna razón que hoy llegaría temprano y me sorprendió saber que estaba en lo cierto. Sentí que todo debería detenerse, que el tiempo dejara de correr raudo y que sólo quedara la canción que me ensordecía lentamente y recorría mi cuerpo mientras ella caminaba hasta la verja bajo el sol apabullante del miércoles.

La vi desde el reflejo de una ventana, era menos real, salía de un sueño, de entre oscuras aguas vítreas como un náufrago, era más mía de lo que nunca lo será. Inmóvil. De brazos cruzados. Casi impaciente. De vez en cuando arreglaba un flequillo de cabello tras sus orejas con cierto aire tímido, maniobrando en el aire una de sus manos mientras su otro brazo permanecía inflexible contra su pecho. Ardiendo bajo el sol infernal. Sus labios más rojos de lo usual eran lo único que podía entrever de su cara porque tan lejos estaban ella y esa maldita ventana que preferí dirigir mis ojos hacia la ventana sin verla realmente.

Me preguntaba una y otra vez por qué no se acercaba a la sombra, si no quería estar cerca de los que cuentan malos chistes y de los que se ríen, si quería desentenderse de la proximidad de otros, si en realidad sólo esperaba impaciente a que abrieran la verja. Y el desasosiego empeoraba con la última suposición porque la hacía más distante y fría; un nudo se asentaba en mis entrañas, el alma se escondía en lo más profundo y la sensación de que algo caía en picada era más fuerte con cada pestañeo.

A pesar de mi pesimismo de último minuto fue una feliz coincidencia que durante todo ese rato “Fyrsta”, “Samskeyti” y “Njósnavélin” sonaran como dulces murmullos de corrientes de agua y miles de caricias en el corazón. Una feliz coincidencia porque ahora mis canciones de Sigur Rós son ella y sus labios rojos, su cabello lacio y claro, sus manos blancas, la manera singular en la que curva sus labios en una sonrisa, su voz que puede confundirse en varios acordes de distintas canciones.

miércoles, 9 de febrero de 2011

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“Y ayer me di cuenta de que me gustaba porque la escuché reírse” Vaya, es algo inútil tratar de escribir algo más allá de eso. A menos que la describa, que describa lo que para mí fue escucharla. Porque tiene una voz preciosa como de cascada de arroyo, como de sexy inocente, de femineidad que sale de sus poros.

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Allí estaba. Sola, muda, perdida en sus pensamientos y sus ojos absortos y desentrañando la locura geométrica de los azulejos del suelo. La recuerdo más en el encierro aparentemente mirando más allá del frente del salón que allí, parada, esperando entrar. Si supiera que un poco más atrás estoy yo con mi juego de encontrar algo nuevo en ella, de descubrir un lunar en sus hombros, de querer saber cuándo deja caer sus brazos de tal manera y adivinar su ánimo. Y dejo de mirarla, han pasado no-sé-cuántos minutos y tal vez es mucho. Tal vez se dé cuenta de que alguien un poco más atrás juega a notar las más pequeñas cosas.

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Me encantan las coincidencias, esos pequeños sucesos que encajan entre sí como ladrillos para a veces jugar a favor o en contra nuestra como si fueran niños. De una larga sucesión de coincidencias que alguna vez enumeraré cuando lo posible deje de serlo, sólo dejaré en claro algunas. Aunque, ¿por qué lo hago? Son coincidencias absurdas y mínimas que quizá soy yo la única que las ve no sólo por sentir sino porque también estoy majareta.

Casualmente estamos en el mismo grupo aunque yo llegué primero. Casualmente se sienta bastante cerca aunque antes no lo hacía. Casualmente un día alguien estaba en su lugar (¿o ella solita se cambió?). Nadie casualmente estaba en un puesto que casualmente estaba cerca aunque había otros adelante. ¿Había otras coincidencias? Sí que sí pero las descarto como tonterías o no las recuerdo tanto como quiero recordarla a ella.

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Recostarse en el suelo y estremecerse por el contacto y el frío. Yacer allí con la cara vuelta hacia el techo y fingir que techo no es techo sino cielo y estrellas y pequeñas nubes. Sin que nadie se dé cuenta que estoy allí, ser fantasma aunque sea imposible. O no tanto, son casi-las-cuatro o tal vez casi-las-cinco. Como si alguien estuviera de insomne como yo a esas horas.

Sentir que todo fluye en un río inconexo y turbulento de pensamientos. Sentir que su marea viene, que sus olas-recuerdo rompen y rugen en las arenas-memoria. Sentir que la amo en un instante más de lo que alguna vez lo haré, sin conocerla, sin hablarle.

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Ojalá mis dedos, mis manos se hundieran en su pelo, en ese lacio cabello castaño y hacerla reír, hacer que su boquita se curve y que baste con un leve toque de mis labios allí.

Tocar su boca, acariciar su lengua. Hacerla reír cuando mi lengua y mis dientes merodeen y muerdan su dulce cuello de leche. Ojalá estuviera aquí mismo, mirándome como lo hizo en un breve instante del jueves.

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Supe su nombre hace poco. Porque no prestaba atención no lo supe más antes y cuando por fin lo hice hubo una explosión. No, miles de pequeñas explosiones en una sola. De cosas infinitas que no tienen nombre. Y fue el día más estúpido y feliz y el más horrible y frenético. Alguien la quitó de su puesto que, oh-dios, estaba cerca del mío y tuvo que irse hacia el lugar que idiotas como yo evitan: el casi-frente. De nada valió porque el miserable se había equivocado de grupo y se largó después. Odié a ese mezquino tanto como a otros que han hecho peores cosas.

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Parece que espera, que quisiera escuchar, que quisiera estar entre el grupo, parece que quisiera hablar con nosotros. Esa impresión me queda muy clara al ver que al salir, ella de cierta manera se detiene por un momento y vuelve su cabeza un poco. Como si esperara, como si fuera parte. Pero es algo imperceptible o casi lo es porque sigue con su camino, sale, no dice nada y se pierde de mi vista porque los pasos van en direcciones opuestas.

Es ahí cuando me doy cuenta de que es inalcanzable.

martes, 1 de febrero de 2011

Untitled 10

Llovía, llovía en todas partes. No del cielo caía la lluvia sino de las circunstancias, de lo que con movimientos bruscos me mantenía lejos de la cordura del ser neutral emocionalmente. De su maldito recuerdo del que apenas sí queda una imagen de cortina de agua y es mejor así porque no soportaría que la distorsión se fuera, qué bueno que nunca intenté tener una foto suya a hurtadillas. ¿Quién querría hacerlo de todos modos? No cuando se sabe que es inútil mantener vivas unas esperanzas diminutas y moribundas.

No sé por qué le doy importancia a algo que ni siquiera es cierto, que no existe. Sé que ella me arruinó varias canciones, el tiempo que hubiera invertido en entrelazar vuelos de libélulas con invisibles estelas, me arruinó la imagen bajo mi piel y me hizo sentir el ansia peligrosa de ser masoquista a su alrededor. Sé que la odio por todo eso y más, ¿cómo pudo hacer tantas cosas sin ser consciente de las heridas que me causaba? Sé que he intentado y fallado infinitas veces al tratar de borrar su imagen de mis párpados. Sé que a pesar de intentarlo no quiero dejarla ir.

Si ella se fuera; si por alguna razón que no quisiera saber dejara mi vida llevándose su inconstancia, su "definitivamente somos iguales", su desolación y, sobre todo, su propia historia de amor frustrado. Si ella se fuera por donde vino sería... una pérdida de tiempo, alguien peor que ella llenaría ese espacio.

Mientras la lluvia se cuela por mis goteras y Su languidez me inunda, trataré de dejarla allí. Que viva hasta que muera a manos del tiempo y otro u otra avancen lenta e insospechadamente hasta que sea demasiado tarde para decir no.

Carta abierta sobre algo indefinido para una persona concreta

Debería enumerar tantas cosas por decir pero supongo que es mejor seguir el rumbo de mis pensamientos fortuitos, veremos pues dónde terminarán, dónde serán editados. Debería sentirme incómoda con dos entradas empezando por la misma palabra de lo posible.

Es una de tantas interminables noches de insomnio, entre lo real y el sueño que aún no logro conciliar. Una de esas noches en las que todo me está permitido buscar, leer, bla, bla, y más bla.

Es en esta madrugada en la que me decidí por leer algo tuyo. Por curiosidad, por el sabor pequeño de culpa en mi boca, porque ... Y encontré cosas fascinantes, mundos insospechados en ti, un totalmente desconocido concepto sobre ti. Y me encanta y me intriga y me alivia saber que no eres nada que imaginaba. Mejor para mí, no seré alguien que se queda tan en la superficie. Simplemente, encontré algo mejor que mis torpes intentos de hilvanar palabras y plasmar pensamientos.

Y me asaltan preguntas: ¿por qué? ¿por qué quieres ser alguien más cuando eres eso y mucho más? Qué es lo que dices, qué es lo que no, cuál es el subtexto, lo que yace entre líneas, la causa, el todo. Tal vez esté divagando un poco pero ésas son las cuestiones. Tal vez esté siendo demasiado curiosa para mi propio bien.

Si alguien debería ser diferente a lo que es, esa soy yo.

Sólo termino con: para mí que te queda bien un arcoiris porque no quiero creer que un arcoiris es sólo un espectro de colores claros y brillantes.