Ahora leo porque
sí, porque amo tener un libro que desmenuzar entre mis dedos, bajo mi nariz,
pensar en frondosos árboles que por él murieron y cientos de historias más
pequeñas antes de adentrarme en la prosa o verso de una genial trama.
En ese entonces, en
esa querida infancia, leía por mi mamá quien me inició en aquel mágico y
solitario ejercicio. Muchas veces de su trabajo en una librería ya extinta, me
traía algunos libros de cuentos. Aún recuerdo aquel primer librillo que robó mi
corazón: El Principito de Antoine de Saint-Exupéry (tal vez una lectura clásica
y cliché pero, ¿a quién no se le derretiría el corazón con este libro?). Y
desde ahí quedé prendada de la lectura. Esa que se volvió más compleja con el
pasar del tiempo.
Pero más que un
enamoramiento es una obsesión. De esas que queman las entrañas. Una obsesión
que me ha llevado a la más absoluta soledad en realidades alternas e
hiperbólicas que, hasta cierto punto, hacen de esta vida mía algo más
soportable.
“Leo
porque quiero borrarme del mapa, de la realidad odiosa que me tocó vivir, leo
porque soy débil y no soporto estar consciente” Leo porque se me da la gana,
Juan Carlos Moya.
Leo también para no
sucumbir al desencanto, el rechazo, el acérrimo odio que unos profesan a otros
por tantas fútiles razones. Porque leer me ha liberado de tantos prejuicios,
lastres que otros padecen, y me ha vuelto irremediablemente humana, menos
cínica e indiferente. Y aún más importante para mí y mi circunstancia: porque
leer e imaginar –y pensar— aquellos mundos
contenidos en las palabras me evitan la cobardía de desear
“[…] dos huequecillos minúsculos –en las sienes— por donde se me fugue, en
grises podres, la hartura, todo el fastidio, todo el horror que almaceno en mis
odres…” Relato de Sergio Stepansky, León de Greiff.
Recuerdo que no se
cultivaba mucho la lectura –la lectura crítica, la que nos lleva a trascender
las palabras— ni en primaria ni secundaria (las consabidas y sosas campañas de
siempre, más nada). Se “leía” (más exacto sería ojeaba) mas no se leía. Se
leían resúmenes de libros por desidia o, como aterrador ejemplo, los malos
libros de Paulo Coelho por tratar de interesar a un público ávido de
facilismos. Exposiciones de fragmentos de libros clásicos. No obstante aunque
se intentara analizar críticamente un texto ya era muy tarde, a nadie
interesaba. En ese entonces leía por mi cuenta, algunos profesores de
diferentes áreas me confiaban bellísimos libros, buscaba otros en la biblioteca
de la casa y otros pocos los compraba. ¡Qué días tan felizmente desperdiciados!
Hoy, repasando los
anaqueles de la memoria, siento nostalgia por todos aquellos libros que pasaron
por mis manos febriles en las tardes calurosas y somnolientas de esta ciudad en
la llanura.
Y leeré hasta el
cansancio y la ceguera o la locura. De pie en una esquina, en mi cama, entre la
verde hierba de un parque desconocido… no importa el lugar, sólo aquel libro
que me acompañe bajo el brazo o apretado contra mi pecho.
Quizá esta tarde –o
cualquier otra— recomience la monumental tarea de volver a esas amarillentas y
ajadas páginas que tanto me dieron y que tanto amé en mi temprana adolescencia.