jueves, 22 de marzo de 2012

Esas preguntas que aparecen por ahí


Ahora leo porque sí, porque amo tener un libro que desmenuzar entre mis dedos, bajo mi nariz, pensar en frondosos árboles que por él murieron y cientos de historias más pequeñas antes de adentrarme en la prosa o verso de una genial trama.

En ese entonces, en esa querida infancia, leía por mi mamá quien me inició en aquel mágico y solitario ejercicio. Muchas veces de su trabajo en una librería ya extinta, me traía algunos libros de cuentos. Aún recuerdo aquel primer librillo que robó mi corazón: El Principito de Antoine de Saint-Exupéry (tal vez una lectura clásica y cliché pero, ¿a quién no se le derretiría el corazón con este libro?). Y desde ahí quedé prendada de la lectura. Esa que se volvió más compleja con el pasar del tiempo.

Pero más que un enamoramiento es una obsesión. De esas que queman las entrañas. Una obsesión que me ha llevado a la más absoluta soledad en realidades alternas e hiperbólicas que, hasta cierto punto, hacen de esta vida mía algo más soportable.
“Leo porque quiero borrarme del mapa, de la realidad odiosa que me tocó vivir, leo porque soy débil y no soporto estar consciente” Leo porque se me da la gana, Juan Carlos Moya.

Leo también para no sucumbir al desencanto, el rechazo, el acérrimo odio que unos profesan a otros por tantas fútiles razones. Porque leer me ha liberado de tantos prejuicios, lastres que otros padecen, y me ha vuelto irremediablemente humana, menos cínica e indiferente. Y aún más importante para mí y mi circunstancia: porque leer e imaginar –y pensar aquellos mundos contenidos en las palabras me evitan la cobardía de desear
           
        “[…] dos huequecillos minúsculos –en las sienes— por donde se me fugue, en grises podres, la  hartura, todo el fastidio, todo el horror que almaceno en mis odres…” Relato de Sergio Stepansky, León de Greiff.

Recuerdo que no se cultivaba mucho la lectura –la lectura crítica, la que nos lleva a trascender las palabras— ni en primaria ni secundaria (las consabidas y sosas campañas de siempre, más nada). Se “leía” (más exacto sería ojeaba) mas no se leía. Se leían resúmenes de libros por desidia o, como aterrador ejemplo, los malos libros de Paulo Coelho por tratar de interesar a un público ávido de facilismos. Exposiciones de fragmentos de libros clásicos. No obstante aunque se intentara analizar críticamente un texto ya era muy tarde, a nadie interesaba. En ese entonces leía por mi cuenta, algunos profesores de diferentes áreas me confiaban bellísimos libros, buscaba otros en la biblioteca de la casa y otros pocos los compraba. ¡Qué días tan felizmente desperdiciados!

Hoy, repasando los anaqueles de la memoria, siento nostalgia por todos aquellos libros que pasaron por mis manos febriles en las tardes calurosas y somnolientas de esta ciudad en la llanura.

Y leeré hasta el cansancio y la ceguera o la locura. De pie en una esquina, en mi cama, entre la verde hierba de un parque desconocido… no importa el lugar, sólo aquel libro que me acompañe bajo el brazo o apretado contra mi pecho.

Quizá esta tarde –o cualquier otra— recomience la monumental tarea de volver a esas amarillentas y ajadas páginas que tanto me dieron y que tanto amé en mi temprana adolescencia.