miércoles, 18 de enero de 2012

Es el último sueño de la noche, tal vez el segundo o tercero del día; del sueño largo que me propuse continuar bajo las cobijas porque nada había allí fuera que me hiciera salir de mi cama tan temprano. Una voz fuerte y familiar estremece la casa y mis hombros. Bajo la piel, mis ojos se vuelven sarcásticamente, es obvio que quien me llama es la razón de miles de últimos sueños desaparecidos a las seis, siete u ocho de la mañana. Cuando es aún temprano para que mi mente funcione.


Para no espantar el último sueño me muevo un poco, lentamente. Primero mis manos, luego la cabeza y el cuerpo da media vuelta hacia la pared. Sonrío, ése no será el último sueño. Vuelvo a la inconsciencia y continúo aquel suave sueño entre bosques y cielos azules.

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Deambulo de aquí a allá sin ocupar mis manos, todos hacen algo y yo… yo sólo estoy allí observando a todos por el rabillo del ojo. Un fantasma inútil. Míralos como encuentran significado en desmenuzar esto, en cortar aquello. Quisiera hacer algo con mis manos y ya es tarde. Me dejo caer en una silla aún fascinada por el grácil caos de lo que será el almuerzo al mediodía.

Esas manos viejas y expertas que tantos recuerdos imprimen y provocan una sonrisa en mi corazón.

Miro el reloj, luego el cielo. Hoy lloverá pero no ahora, esta ciudad en la llanura no acoge muy bien la lluvia en la mañana. Menos cuando se acerca el mediodía.

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Voy por la calle. Cualquier destino está bien para mí en tanto que mis atajos entrañen silencio y no sea posible la casualidad de toparme con alguien. Aquel parque parece bien. Un parque cualquiera presente en mis recuerdos, ya no es lo que solía ser. Tampoco yo soy quien solía ser.

El sol quema, sol de invierno que aguijonea rostros y cuerpos envueltos en inútiles pretensiones. Las nubes ya no están allí y apresuro mis pasos aunque no sepa hacia donde voy. Doy vueltas, cruzo calles, bajo cuestas y subo otras. La gente ya está allí, aglomerándose en las calles y esquinas. Por todas partes.
Por sus frentes baja sudor, sus miradas son de indiferencia o preocupación y sus pasos son frenéticos. ¿Cuándo serán de alegría? ¿Cuándo dejarán de ocultar sus sonrisas cada vez que sus rostros se reflejen en los ojos de otros?

Sólo sé que me asfixio entre apretones y colisiones de hombros y maletas. Quisiera volver sobre mis pasos, volver a la nostalgia de las sinuosas calles. Volver al maldito parque en el que alguna vez me propuse a cambiar por ella, quienquiera que fuese.

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Inhalar, exhalar. Paso la mano por el cabello y lo que queda de aquel libro tan apreciado, en contemplación. Lo leo. No lo leo aún. Vaya dilema. Una sonrisa alcanza mis labios, al otro lado se deja escuchar aquella linda voz que hace desastres en el corazón. Pero, en contra de mis infantiles anhelos, ya los audífonos están cerca de mis oídos; no quiero escucharla más. Quiero olvidar que su voz y su cuerpo evocan un cálido hormigueo bajo mi piel.

Con manos perezosas alcanzo aquella amarillenta masa de hojas y empiezo el placentero viaje por letras ya manidas en un pasado febril.

Ella y su voz han desaparecido. Mi sonrisa también. El libro cae de mis manos. La vista desaparece momentáneamente bajo los párpados. No resisto más la tentación de caer en lo que pronto será un sueño. Tal vez ella esté allí.

Me dejo sumergir, hasta el fondo, en aquel vasto mar de bella oscuridad. Sí, ella está allí.

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Es una noche… como cualquier otra. Excepto por el ruido de una fiesta llena de chiquillos y música barata que rebosa sexo, ésa que sólo conmueve almas simples hambrientas de baile explícito.

Wolfe… Wolfe… Wolfe se fue. Desapareció días atrás justo después de leer esa respuesta tan… Imagino que fue por indignación o vergüenza.
Cómo la extraño, más de lo que quisiera admitir. Aunque sólo fuera un poco de mí aquí, varias personas ficticias por ahí y un sinnúmero de pelirrojos y lobunas maneras más allá.

¿Se habrá ido para siempre? Sólo puedo cruzar los dedos y esperar la sensación de un par de ojos grises fijos en mi nuca.

Un suspiro prolongado acaba el encanto. Enciendo la tele. Oh, hay una maratón de House.

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Empiezan la madrugada y la vigilia del insomnio. Una ligera lluvia allá fuera, una más tormentosa aquí dentro. En el pecho, en mi cabeza. Gota a gota permea mis pensamientos o eso quiero creer mientras sigo con mis dedos pequeñas gotas que trazan líneas sobre el cristal empañado.

Y no dejo de pensar que es tan parecido a lo que hay dentro de mí. Aún más si el agua se cuela por las goteras del techo que sólo se maldicen cuando llueve. Porque sólo recuerdo las goteras del alma cuando la melancolía es esta gentil llovizna.

Es la maldición de las horas lluviosas, ésas en las que una melancolía insospechada reside en mi pecho, intensa, provocativa, afilada como navaja. De las que obligan a ir a casa y ¿cuál casa sería esa? Ya se está en ella.

O eso creo.

En el insomnio, bajo la lluvia que poco a poco se extingue, la angustia y el dolor roen. Me muevo de un lado a otro. De pared a pared. El corazón se acelera. Algo en el pecho escuece y frente a mis ojos pequeñas luces y sombras bailan y se desvanecen. Desearía llorar o gritar y no puedo, no quedan lágrimas y mi voz jamás ha tenido la fuerza suficiente para dejar escapar un grito entre mis labios.

Y con una pequeña cuchilla, la mano rabiosa traza caminos en mi piel.