Para no espantar el último sueño me muevo
un poco, lentamente. Primero mis manos, luego la cabeza y el cuerpo da media
vuelta hacia la pared. Sonrío, ése no será el último sueño. Vuelvo a la
inconsciencia y continúo aquel suave sueño entre bosques y cielos azules.
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Deambulo de aquí a allá sin ocupar mis
manos, todos hacen algo y yo… yo sólo estoy allí observando a todos por el
rabillo del ojo. Un fantasma inútil. Míralos como encuentran significado en
desmenuzar esto, en cortar aquello. Quisiera hacer algo con mis manos y ya es
tarde. Me dejo caer en una silla aún fascinada por el grácil caos de lo que
será el almuerzo al mediodía.
Esas manos viejas y expertas que tantos
recuerdos imprimen y provocan una sonrisa en mi corazón.
Miro el reloj, luego el cielo. Hoy lloverá
pero no ahora, esta ciudad en la llanura no acoge muy bien la lluvia en la
mañana. Menos cuando se acerca el mediodía.
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Voy por la calle. Cualquier destino está
bien para mí en tanto que mis atajos entrañen silencio y no sea posible la
casualidad de toparme con alguien. Aquel parque parece bien. Un parque
cualquiera presente en mis recuerdos, ya no es lo que solía ser. Tampoco yo soy
quien solía ser.
El sol quema, sol de invierno que aguijonea
rostros y cuerpos envueltos en inútiles pretensiones. Las nubes ya no están
allí y apresuro mis pasos aunque no sepa hacia donde voy. Doy vueltas, cruzo
calles, bajo cuestas y subo otras. La gente ya está allí, aglomerándose en las
calles y esquinas. Por todas partes.
Por sus frentes baja sudor, sus miradas son
de indiferencia o preocupación y sus pasos son frenéticos. ¿Cuándo serán de
alegría? ¿Cuándo dejarán de ocultar sus sonrisas cada vez que sus rostros se
reflejen en los ojos de otros?
Sólo sé que me asfixio entre apretones y
colisiones de hombros y maletas. Quisiera volver sobre mis pasos, volver a la
nostalgia de las sinuosas calles. Volver al maldito parque en el que alguna vez
me propuse a cambiar por ella, quienquiera que fuese.
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Inhalar, exhalar. Paso la mano por el
cabello y lo que queda de aquel libro tan apreciado, en contemplación. Lo leo.
No lo leo aún. Vaya dilema. Una sonrisa alcanza mis labios, al otro lado se
deja escuchar aquella linda voz que hace desastres en el corazón. Pero, en
contra de mis infantiles anhelos, ya los audífonos están cerca de mis oídos; no
quiero escucharla más. Quiero olvidar que su voz y su cuerpo evocan un cálido
hormigueo bajo mi piel.
Con manos perezosas alcanzo aquella
amarillenta masa de hojas y empiezo el placentero viaje por letras ya manidas
en un pasado febril.
Ella y su voz han desaparecido. Mi sonrisa
también. El libro cae de mis manos. La vista desaparece momentáneamente bajo
los párpados. No resisto más la tentación de caer en lo que pronto será un
sueño. Tal vez ella esté allí.
Me dejo sumergir, hasta el fondo, en aquel
vasto mar de bella oscuridad. Sí, ella está allí.
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Es una noche… como cualquier otra. Excepto
por el ruido de una fiesta llena de chiquillos y música barata que rebosa sexo,
ésa que sólo conmueve almas simples hambrientas de baile explícito.
Wolfe… Wolfe… Wolfe se fue. Desapareció
días atrás justo después de leer esa respuesta tan… Imagino que fue por
indignación o vergüenza.
Cómo la extraño, más de lo que quisiera
admitir. Aunque sólo fuera un poco de mí aquí, varias personas ficticias por
ahí y un sinnúmero de pelirrojos y lobunas maneras más allá.
¿Se habrá ido para siempre? Sólo puedo
cruzar los dedos y esperar la sensación de un par de ojos grises fijos en mi
nuca.
Un suspiro prolongado acaba el encanto.
Enciendo la tele. Oh, hay una maratón de House.
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Empiezan la madrugada y la vigilia del
insomnio. Una ligera lluvia allá fuera, una más tormentosa aquí dentro. En el
pecho, en mi cabeza. Gota a gota permea mis pensamientos o eso quiero creer mientras
sigo con mis dedos pequeñas gotas que trazan líneas sobre el cristal empañado.
Y no dejo de pensar que es tan parecido a
lo que hay dentro de mí. Aún más si el agua se cuela por las goteras del techo
que sólo se maldicen cuando llueve. Porque sólo recuerdo las goteras del alma
cuando la melancolía es esta gentil llovizna.
Es la maldición de las horas lluviosas,
ésas en las que una melancolía insospechada reside en mi pecho, intensa,
provocativa, afilada como navaja. De las que obligan a ir a casa y ¿cuál casa
sería esa? Ya se está en ella.
O eso creo.
En el insomnio, bajo la lluvia que poco a
poco se extingue, la angustia y el dolor roen. Me muevo de un lado a otro. De
pared a pared. El corazón se acelera. Algo en el pecho escuece y frente a mis
ojos pequeñas luces y sombras bailan y se desvanecen. Desearía llorar o gritar
y no puedo, no quedan lágrimas y mi voz jamás ha tenido la fuerza suficiente
para dejar escapar un grito entre mis labios.
Y con una pequeña cuchilla, la mano rabiosa
traza caminos en mi piel.